Relatos

El examen (IV)

¿Puede oler el Sol?

Cristina no daba crédito. La había releído varias veces, y la pregunta seguía ahí. Como el dinosaurio de Augusto Monterroso. El folio por detrás, vacío. Sólo un primer encabezado, típico de cualquier examen, con un espacio para la fecha y otro para el nombre completo, y después, la dichosa pregunta.

¿Puede oler el Sol?

Cristina no sabía si reír, si enfadarse con Luis, el profesor de Matemáticas (que le caía bien en general, menos en ese momento), o si directamente echarse a llorar. Odiaba la asignatura de Matemáticas. Había tenido que apuntarse a clases de refuerzo, que le daba una chica universitaria y que iba a su casa 2 horas en semana, martes y jueves por las tardes. Por mucho que hubiese notado mejoría en su conocimiento y aplicación de lógica a los enunciados de los típicos problemas de la materia, Matemáticas era la asignatura que, claramente, le había hecho darse cuenta de que la rama científica no era la que se le daba especialmente bien. Y todo el esfuerzo de estos meses anteriores para intentar mejorar en sus evaluaciones y no rebajar su media se acababa de ir, como lágrimas en la lluvia, con una maldita pregunta que tenía de todo menos de problema matemático.

Cristina no tenía aún claro qué elección haría de carrera universitaria (aún le quedaban unos años para eso). Pero sabía qué tipo de carreras no iba a escoger: ni Matemáticas, ni Química, ni Física, ni Informática…detestaba la frialdad de las fórmulas, de los cálculos, de la complejidad de números y letras embarullados en páginas y páginas que, si bien útiles para seguro que muchas cosas, a ella no le importaban lo más mínimo.

A ella le gustaban las historias.

Las que se narran en las grandes novelas como El Médico o los Pilares de la Tierra. Las que dirigen los grandes cineastas como Spielberg o Scorsese. Las que entonan grandes cantautores como Sabina o Serrat. Las dibujadas a lo largo de los siglos por Velázquez y Da Vinci, o las esculpidas por Miguel Ángel y Juan de Mesa.

La sacó de su ensimismamiento la mano levantada de un compañero suyo, que preguntó al profesor si eso era todo el examen. A Luis no se le borraba la sonrisa de la cara, y respondió afirmativamente, confirmándoles que tenían aún 50 minutos para completarlo. Tras unos instantes, algunos de sus compañeros de clase, resoplando indignados, comenzaron a entregar los folios (sin mucha chicha en ellos), soltando alguno que otro frases como «es que vamos», «tócate los huevos» y otra sarta de improperios, con el profesor haciéndoles caso omiso. Ella en cambio seguía allí plantada, delante del papel sin mucha idea de qué hacer, pero como no solía dejar el aula hasta el final del tiempo establecido, no iba a ser menos en esa ocasión por muy desesperada que se viese.

Disimuladamente miró de reojo hacia los lados, intentando atisbar qué estaban escribiendo alguno de los compañeros. Cerca de ella estaba Tania, que era la que mejor media tenía de todos, con la cabeza casi metida en el papel y moviendo el bolígrafo aceleradamente por todo el folio, concentradísima en no sé qué fórmulas. ¿Pero cómo se podía calcular si el Sol olía? Cristina imaginaba que de una forma u otra, los grandes astrofísicos habrían llegado a la conclusión de esa pregunta, mediante estudios de la composición del Sol, la distancia hasta la Tierra, la potencia solar en emitir sus gases, la capa de ozono y cómo esta transformaría aquello que llegase del Sol, atravesando el sistema solar hasta nuestro Planeta, alterando la composición de los gases en otros que serían los que oliésemos…pero claro, ellos estaban en el instituto, y quería creer que el profesor no sería tan cabronazo que pretendiese que alumnos de ese nivel alcanzaran esos cálculos. Tania era lista, pero no tanto.

¿Y si era la típica pregunta trampa? Luis era a veces irónico en las preguntas que hacía en clase a sus estudiantes, e igual por ahí iban los tiros. A lo mejor la respuesta correcta era tan simple como: «el Sol no se puede oler porque los olores se transmiten por el aire y en el espacio no hay aire». Joder Luis, ¿una hora de examen para eso? ¿Y en una asignatura de Matemáticas? No, seguro que había algo más. Probablemente Luis quería que aplicasen no sólo los conocimientos de Matemáticas, sino de otras asignaturas de Ciencias, y hacer así una prueba multidisciplinar. Pero el tiempo avanzaba y Cristina se estaba empezando a agobiar, sin ideas y con su folio aún en blanco.

El profesor les avisó que les quedaban 30 minutos. Notó como se le aceleraba el pulso y algunas gotas de sudor empezaban a recorrerle la espalda. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya. De repente, como si le hubiesen enchufado una descarga eléctrica, se apoderó de ella una idea que, aunque sabía de antemano que no era la respuesta correcta, era lo que le permitiría rellenar aquellos minutos restantes y entregar una respuesta con la cabeza alta. Así que se puso a escribir, con la misma sonrisa que vestía aún Luis, y con la calma de quien se sabe ganadora, pasase lo que pasase.

El Sol puede oler porque huele la casa de mis abuelos en el pueblo. A campo, a vacaciones, a familia. Al aroma de los guisos de mi madre y a los cigarros en la terraza de mi padre mientras lee. A las tostadas con ajo y aceite, y al café recién hecho por las mañanas. A la piscina en verano y al Sol que nos calienta en invierno, aunque haga frío.

El Sol huele a los girasoles que rodean a la parcela, porque además si no oliesen, el resto de plantas se meterían con ellos. Serían el patito feo de toda la flora, y los paseos a caballo de Don Quijote por La Mancha, la tierra que vio nacer a mis padres y a los padres de mis padres, hubieran sido mucho más tristes, sin nada que apreciar en el aire.

El Sol huele por contraste a los días de tormenta, que huelen a humedad y a tierra mojada, y que nos hacen a todo refugiarnos en el porche a observar como la naturaleza riega los campos. Si el Sol no oliese, tampoco olería la lluvia que cae, ni el jardín de mis abuelos empapado.

El Sol huele a ropa seca tendida, lista para guardarse en sus cajones. Mis abuelos tienen un patio trasero, con utensilios que se usan de vez en cuando y antiguos juguetes de cuando mis hermanos y yo éramos más pequeños. Allí, de una pared a otra, cuelgan unas cuerdas donde tendemos las toallas después de bañarnos y la colada de la lavadora cuando acaba. Todo ello huele cuando le dan los rayos de sol, a humedad evaporándose y a ropa limpia.

El Sol huele a los atardeceres que pasamos jugando a las cartas en familia y con los amigos que nos visitan. A las risas de mi tía cuando la pillan haciendo trampas, y al jolgorio que se forma cuando mi padre apoya la paella en el centro de la mesa, dando por concluido el juego. El Sol deja de oler para dar paso al olor nocturno, al de la dama de noche, al olor que desprende el sonido de los grillos y a la brisa refrescante que nos reconforta tras un día sofocante.

El Sol huele porque los pájaros le cantan cuando amanece. No les entendemos, pero seguro que le dan los buenos días y le agradecen que nos brinde otra mañana más. Siempre son mi despertador cuando estoy allí, y me quedo un rato observando los rayos de luz que atraviesan la ventana y que poco a poco iluminan la habitación donde duermo.

El Sol también huele a la arena de la playa. A chiringuito y a cerveza fría en una terraza. A risas de niños jugando en el agua, y a chicharras. El Sol huele a fin de exámenes, a veranos interminables, a Mundiales y Olimpiadas. A 23 de junio, a hogueras de San Juan.

El Sol huele a azahar y a incienso. El Sol nos trae el sonido de cornetas y tambores, y el destello que emana de los metales de unos romanos que desfilan siglos después por las tierras que habitaron. El Sol huele a cera quemada y a torrijas. A Domingo de Ramos y a mujeres perfumadas que van de mantilla.

El Sol por desgracia también huele a la libertad que anhela el preso, y al fuego que ilumina las noches de temporadas de incendios. A balcones aplaudiendo a las 8 de la tarde, porque no queda otra. Al último atardecer de un condenado a muerte, y a la última luz que ven unos ojos que se van.

Nosotros existimos gracias al Sol, y el Sol existe porque lo olemos. Lo sentimos en la piel, que se nos eriza en un escalofrío cuando nos reconforta si teníamos frío. Lo disfrutamos cuando lo echábamos de menos porque estábamos encerrados estudiando o trabajando. El Sol huele porque su luz nos ayuda a inmortalizar en una fotografía un momento que, años más tarde al mirarla, nos evocará el olor de ese instante en el que tan felices fuimos.

El Sol huele, luego existimos.

Cristina deja el bolígrafo apenas unos segundos antes de que Luis comunique que el tiempo se ha acabado. Se siente excelsa, al mismo tiempo que apenada por no poder llevarse una copia. Mira al profesor a los ojos con una sonrisa pletórica, sabedora de que posiblemente suspenda. Luis le devuelve la sonrisa, orgulloso porque ha estado observándola mientras no paraba de escribir, recordándole a alguien a quien conoció hace poco.

El resto de la historia, en la que el profesor remitió su escrito al de Lengua castellana y Literatura para su valoración, en la que ella obtuvo la nota más alta de la clase en esa asignatura, y en la que tras muchas idas y venidas, Cristina terminó convirtiéndose en una aclamada autora de novelas que nunca estudió Matemáticas en la Universidad…os la cuento otro día que huela el Sol.

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