Anécdotas

El chiste del pobre

Hace un par de años, tras mucha insistencia de diferentes personas de mi entorno, comencé a aficionarme a un programa-podcast llamado «La Ruina». Para quienes no lo conozcan, aparte de recomendároslo encarecidamente, básicamente contaros que consiste en 2 presentadores que tienen en cada programa un invitado especial, más o menos famoso, que arranca el programa contando una historia de su vida (supuestamente real) considerada una auténtica ruina. Véase aquí que se considera ruina a todo lo que implique vergüenza ajena, contenga detalles escatológicos, roce o toque la ilegalidad, pero cuyo factor común es que tiene que ser relativamente graciosa, aunque seguramente no tanto para el protagonista, y ser la típica anécdota que contarías de cañas con tus amigos. Tras relatar su ruina el invitado famoso, toca el turno de sacar aleatoriamente a gente del público asistente que previamente haya manifestado su voluntad de querer salir a contar una historia. Tras una hora aproximada de programa así en la que, como veis, los presentadores han hecho más bien poco (Ignasi, Tomàs, si algún día leéis esto, es con cariño), pasa el turno en el se elige al ganador de la mejor ruina de la noche que, aparte de reconocimiento público, gana un premio bastante escaso, como no podía ser de otra manera.

Pues bien, mi familia y mejores amigos me suelen decir que menuda cantidad de ruinas tengo. Que a ellos no suelen ocurrirle tal cantidad de anécdotas dignas de acaparar varias temporadas del programa. No sé si es que ellos no salen tanto como yo (es probable), que me ha mirado un tuerto, o que simplemente da igual la historia que sea, pero consigo narrarla en forma de ruina. En cualquier caso, veía conveniente con el paso de los años y la acumulación de esas historias lamentables, inaugurar una sección de mi blog al respecto. Por no copiar al podcast (la verdad es que podría ser otra ruina que el programa me denunciara por plagio de nombre), he decidido titular a esta sección «Anécdotas«. Y creo que empezaré por la que me ha ocurrido hace muy poco.

Por si es la primera vez que me lees, algo de contexto: soy sevillano, vivo en Madrid desde hace más de 9 años, y teletrabajo actualmente todo el tiempo. Eso me permite en ciertos periodos currar desde otros sitios que no sean Madrid. Véase Sevilla. Mi cumpleaños y el de mi padre es el 9 de mayo, que además es el Día de Europa, y como hay que celebrarlo por triple, casi siempre intento estar por el sur para estar en familia. Este año 2026, el 9 de mayo cayó en sábado y yo tenía boda, así que la celebración familiar la dejamos para el domingo (con susto de abuela incluido, pero sin más). El resto de la semana aproveché los beneficios del teletrabajo para quedarme en Sevilla y enlazar así, sin necesidad de subir a Madrid, con el fin de semana del Interestelar, un festival al que desde hace ya 3 años repito siempre con mi hermana y mis amigos. Como pasaba de subirme en coche con la resaca del festival el domingo, trabajé el lunes desde casa de mis padres y subí por la tarde, llegando a Madrid por la noche.

Y aquí empezó lo guapo.

Recopilemos: boda, cumpleaños, semana en Sevilla aprovechando para ver a gente, festival de música, lunes, casi 5 horas de coche, y un montón de maletas. Eso era lo que yo llevaba en lo alto cuando giré la llave de la puerta de mi casa.

Yo puedo tener despistes a veces, pero desde luego lo que no suele pasarme nunca es olvidarme de cerrar la puerta de casa con llave, dándole todas las vueltas…y esta vez sólo me hizo falta una para abrirla, lo cual no tenía mucho sentido. Lo primero que hice fue quedarme en la puerta, pensando. ¿A quién había invitado yo estos días a dormir en casa dejándole la llave? No, la copia la tiene mi hermana en Sevilla…vale, los caseros. Igual han entrado por algo de la obra que va a empezar el vecino de abajo (¿?) y se olvidaron de decirme. Eso explicaría…por qué veo desde la puerta cierto desorden en el salón y cosas por el suelo. Que os garantizo que otra cosa no, pero ordenado soy una mijita, y yo no había dejado así el salón. ¿La cabrita de Alicia salió después que yo el último día y dejó todo patas arriba? ¿O ha vuelto a entrarme mi amiga Reyes a dejarme otro regalo de sorpresa y se le ha ido de las manos con la puta broma?

Aún estupefacto y sin entender muy bien qué había pasado, dejé la maleta en el salón, cerré la puerta y sin quitarme la chaqueta, empecé a andar despacio por la casa, entonando un tímido «¿hola?» del que yo mismo me arrepentí, no vaya a ser que contestase alguien y mi corazón dijese «taluego Lucas». Responder no respondió nadie, pero a medida que avanzaba por el pasillo vislumbré que igual el desorden de mi dormitorio no era muy normal, ni el del estudio tampoco. Aunque claro, no echaba en falta nada de momento.

Y eso es lo que me mataba: parece que me han entrado a robar…¿pero por qué no falta nada? Y sobre todo: ¿por qué sigue la tele en su sitio? Como no terminaba de creérmelo (más de 9 años en Madrid y nunca me había pasado nada parecido) y no entendía por qué habían dejado todo, incluyendo algunos billetes de otros países, relojes, móviles antiguos, mi portátil, la tele…llamé a Ali.

  • Oye, no te quiero asustar, pero creo que me han entrado en casa.
  • ¿Y eso? ¿En qué lo has notado, te falta algo?
  • Que yo sepa no, está hasta la tele…pero está todo un poco desordenado, vamos que juraría que me han entrado, pero no estoy seguro.
  • A ver si cuando te fuiste te dejaste con las prisas las cosas desordenadas…no sé, pásame unas fotos y te doy mi opinión.
  • Vale:
  • Vale Santi, no sé por qué dudas, CLARO QUE TE HAN ENTRADO. Llama a la Policía anda, voy para allá.

Igual el resto tenéis todos una mijita de síndrome de Diógenes y lo de las fotos os parece normal, pero os aseguro que mi TOC estaba colapsando. Llamé a la Policía y al rato aparecieron 2 maromos de la Nacional, lo que inmediatamente me hizo acordarme de lo feliz que estaría mi hermana. Bueno qué coño, cuando Ali apareció al poco por la puerta tampoco es que pareciese descontenta.

La patrulla reconoció la escena del crimen, tomó nota, les expliqué que no entendía muy bien por qué no se habían llevado nada (((«pero miren, si está la tele»))) y me dijeron que esa gente sólo busca joyas y efectivo, cosa que, por lo que es obvio, no tengo. Me avisaron que ellos darían aviso y que al día siguiente vendría una pareja de la científica a tomar huellas, así que mejor que dejase todo como estaba y que me fuese a casa de mi chica a dormir. Y así hice, con una mijita de lorazepam de por medio.

A la mañana siguiente volví a casa y, mientras teletrabajaba en un rinconcito de mi salón que parecía no haber sido profanado, efectivamente acudieron 2 hombres vestidos cual CSI Las Vegas y empezaron a echar polvitos y tomar huellas y fotografías de todo. Mira que habría grandes crímenes que resolver en Madrid un día como ese, pero me sentí muy orgulloso de que mis impuestos se malgastaran en investigar un robo que no fue robo. Viva el despilfarro de los servicios públicos. Aproveché para preguntarles si me recomendaban algo, a lo que me dijeron que una cámara con alarma y, evidentemente cambiar la cerradura, sería lo suyo. No sin antes mencionarles que es que claro, era bastante raro que no se hubieran llevado la tele, a lo que obtuve la misma respuesta: joyas y efectivo, amigo…

Lo más gracioso de todo es que cuando se fueron los de la científica (no sin antes preguntarme uno que si había estado en Tomorrowland), me puse a ordenar y sí que faltaban un par de cosas: mis auriculares inalámbricos y unas herramientas del Ikea. Unas putas herramientas, ¿en serio? ¿Y no os lleváis la puta tele? Con todo y con eso, descubrí encima un mini-tesoro escondido. Los buenos samaritanos de los cacos habían sacado la típica cajonera baja del armario empotrado, y resulta que debajo de ella se habían acumulado con el paso de los años objetos dignos de un mercadillo: medias, ropa interior, camisetas, algún objeto que otro que prefería ni mirar atentamente…total, que el balance si nos ponemos fue hasta en positivo.

Esa noche acudí casi de madrugada a la comisaría de policía, porque antes siempre había espera de más de 1 hora (y yo pensando que de madrugada siempre hay más fechorías), e interpuse la correspondiente denuncia. Me preguntaron por todos los detalles del incidente una vez más, y lo volví a relatar concienzudamente paso a paso, describiendo todos los detalles de horas, dónde había estado, qué había hecho yo, qué me encontré cuando llegué casa… a lo que insistí en que claro, era raro que no se hubieran llevado nada, ni siquiera la tele…

La respuesta os la podéis imaginar, una vez más, y mi conclusión es el inicio de cualquier chiste de Lepe:

Érase una vez un tío tan pobre tan pobre tan pobre que le entraron a robar en casa y le dejaron dinero.

Y ése soy yo.

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