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El examen (III)

Suena el despertador.

A las 7:30 de la mañana, como cada día desde hace ya 19 años de lunes a viernes. Los mismos 19 años que hace que Luis, nuestro protagonista de hoy, se sacara la plaza de profesor de Matemáticas en un instituto de Sevilla.

Hace 19 años que Luis repite la misma rutina todos los días por la mañana. Tras apagar el sonido de la alarma, se queda unos segundos adicionales en la cama, escucha a su mujer moverse a su lado, y tras emitir un leve suspiro, se incorpora, se pone las zapatillas de andar por casa, y sale del dormitorio. Pepa normalmente se queda unos 15 o 20 minutos más descansando.

Luis desde hace 19 años va al baño, hace sus abluciones mañaneras, y posteriormente entra en la cocina. Enciende una radio portátil de pilas Casio, de las antiguas, y pone las noticias mañaneras de Radio Nacional a volumen bajo, para no despertar a Pepa. Mientras escucha qué ha pasado en el mundo desde el día anterior por la noche, Luis prepara café en la moka italiana sólo para 2. Su único hijo se fue hace unos años a estudiar fuera, y estos momentos ahora sin él le apenan un poco.

Luis siempre despliega luego el resto del desayuno en la mesa de la cocina: tostadas, zumo, aceite, jamón y, de vez en cuando algún dulce. Cuando escucha que su mujer está deambulando por el pasillo y entra al baño, aumenta el volumen de la radio al no molestarle ya a nadie. Cuando ella entra con cara de dormida, la recibe con los buenos días y un beso, le pone su taza de café en la mano y se sienta en un taburete alto a desayunar mientras le intenta animar la mañana con una conversación sobre cualquier cosa.

Misma rutina. Desde hace 19 años. Y el momento en el que empieza a dejar de disfrutar de los pequeños detalles de la mañana es siempre el mismo: cuando sale por la puerta para caminar los 15 minutos que le separan de la puerta del instituto. ¿Fue siempre así? No, claro que no. Luis empezó como muchos otros profesores de Matemáticas: motivado, enérgico, leyendo todas las semanas artículos de pedagogía para ver qué podía introducir en sus clases que revolucionara el gallinero. Pero las semanas fueron pasando, y los trimestres, y las evaluaciones, y los cursos, y los planes de estudios, y los claustros, y los jefes de departamento, y los directores, y las leyes de educación cambiadas con cada gobierno, y los alumnos desmotivados, y los compañeros igualmente desmotivados y pedantes a partes iguales, y las trabas burocráticas para implementar metodologías innovadoras o exámenes que fueran un poco más originales de la cuenta…

Pero hoy, cuando suena el despertador, es diferente.

Para empezar, es sábado. Suena a la misma hora que el resto de la semana, cuando normalmente los sábados no se pone alarma. Para seguir, no hay suspiro. Salta de la cama casi al instante con una sonrisa en la cara, lo que provoca un gruñido de Pepa. Sus minutos de baño se mantienen intactos, aunque los del desayuno los modifica ligeramente: hoy su mujer desayunará más tarde, así que sólo le deja preparado el café para que se lo caliente luego. Las tostadas, que se las prepare ella que si no se le enfrían. El acordarse de su hijo hoy le provoca menos añoranza, y puede centrarse más en escuchar la radio tranquilamente. En esta ocasión, Luis no se detiene taciturno en la puerta de casa ni titubea antes de salir: abre la puerta con decisión y sale a la calle con energía.

La rutina ha sido prácticamente la misma pero con ligeras variaciones. ¿A qué se deben, Luis? Nuestro protagonista no puede contestarnos, así que yo, el Narrador, lo haré por él: hoy Luis no va a su instituto como cada mañana desde hace 19 años, sino a la universidad. No es que haya ascendido de repente en la jerarquía educativa y conseguido un puesto de profesor titular para los sábados por la mañana. Esas cosas no funcionan así. Es que hoy va a un examen como profesor, pero diferente.

Hace ya unos meses, a Luis le contactaron para que formara parte del grupo de profesores de la Sociedad Andaluza de Educación Matemática Thales, cosa que aceptó encantado. Desde entonces, ha participado en varias iniciativas, actividades y charlas, pero la que desde el principio le hizo más ilusión fue, sin duda, la de poder formar parte del equipo de las Olimpiadas Matemáticas. Y es que los problemas planteados en esos ejercicios y el nivel en general le motivan de sobremanera: comparado con los aburridos y repetitivos exámenes que pone él a sus alumnos del instituto y sus respuestas muchas veces erróneas, anodinas y, aún siendo acertadas, siempre las mismas de un año a otro, no hay color. Al principio, cuando empezó a dar clases de interino, procuraba ser original y plantear ejercicios fuera de lo común, que hicieran pensar realmente al estudiante más allá de identificar la fórmula a aplicar y resolver adecuadamente el enunciado. Con el paso de los años la cosa fue cambiando: los planes de estudio, las imposiciones del claustro y el jefe o jefa de departamento, y siendo honestos, su pesimismo, desgana y falta de tiempo o fuerzas para rebanarse los sesos en idear problemas originales, todo fue mermando su ímpetu en crear exámenes fuera de lo común. Sin embargo, con las Olimpiadas Matemáticas, la cosa cambiaba de sobremanera.

Tras la reunión previa al examen con otros compañeros, la preparación de las aulas y las explicaciones que le tocó dar a los alumnos, Luis se queda en el aula magna de la facultad vigilando que todo vaya bien. Le gusta respirar el espíritu de días como ese: los nervios latentes de los chavales, el sonido de la escritura compulsiva de los que se nota saben la respuesta, los suspiros de los que andan desesperados, y el cambio de los folios. Prácticamente anda todo el rato con una sonrisa.

Los primeros alumnos van dejando sus ejercicios y se van quedando sólo los que van a agotar todo el tiempo de la prueba, e incluso probablemente más de uno implore algunos minutos más. Un chaval, seguramente descolgado entre un tipo de estudiante y otro, deja sus 5 ejercicios y abandona el aula con cara de incredulidad. Luis lleva ya un buen rato de pie, deambulando lentamente por el aula controlando que nadie copie, principalmente, y como ya el número de personas ha bajado considerablemente y está algo cansado, decide ir al escritorio al frente de la clase a sentarse un rato. Encima de la gran mesa están las pilas de folios, con carteles numerados del 1 al 5, para que cada estudiante coloque cada uno de los problemas en orden. Pero de reojo, observa algo que le llama la atención, y su mirada no puede evitar detenerse sobre los que están boca arriba encima del todo, depositados por el último chico que se fue. Aquello no está lleno de fórmulas o números, sino de párrafos y palabras. Muchas. Cada uno de los 5 folios parece una especie de guión, y a Luis le puede la curiosidad. Sabe que en teoría debería esperar a la corrección oficial para retirar esos folios, pero no cree que ocurra nada por un momento que les eche un vistazo, y decide coger todos esos papeles y leerlos.

Luis no da crédito a lo que tiene por delante y está, literal, con la boca abierta. Lo que está leyendo no es una resolución del examen normal y corriente, sino una idea descabellada de un chico que, claramente desequilibrado, no ha tenido mejor idea que ponerse a desvariar con una mezcla de humor, frikismo, filosofía, Gurb, y exageraciones sin sentido. Pero las cosas como son, cuando se pone a leerlo de principio a fin, Luis no puede controlar el ataque de risa que le entra. A ese tal Santiago Castro definitivamente se le había ido la pinza intentando hacer el examen, pero el resultado es un ejercicio de originalidad e ironía que no había visto en todos sus años como profesor. Luis no para de leer riendo, y nota como varios alumnos de las primeras filas le lanzan miradas entre incriminatorias y extrañadas de la situación, mientras otros de sus compañeros en el aula se acercan curiosos a ver qué ocurre, y él muestra, como orgulloso del descubrimiento, los folios y se los deja leer cuando va acabando. Las caras de los otros profesores son la de misma estupefacción que la suya.

Obviamente cuando los estudiantes volvieron a entrar en el aula para la corrección insitu, Luis tuvo que preguntar si estaba por allí ese tal Santiago, y aunque no confiaba en que tal pieza se hubiera dignado a aparecer en la segunda fase del día, allí estaba, levantando tímidamente la mano. Matemático seguro que no acababa siendo, pero ese chaval seguro que en un futuro escribiría algo en algún sitio. Nobel no iba a ganar ninguno, estaba claro, pero alguien se echaría unas risas.

Las semanas siguientes, Luis estuvo mucho más motivado en sus clases rememorando aquel día. Se había hecho una copia del examen para su recuerdo y, de vez en cuando, lo releía con regocijo. También le hizo mucha gracia a su mujer Pepa y a otros compañeros del instituto a los que les mostró aquella…cosa. Y entonces llegó la época de evaluaciones de sus diferentes grupos de alumnos. Luis no había parado de darle vueltas, y necesitaba usar ese golpe motivacional para inspirarse. Quería poner un examen que dejara perplejos a sus alumnos, y aunque le echaran la bronca luego sus superiores o los padres y madres, podría usar cualquier excusa para salir del paso: que si no era un examen oficial, que si era sólo una prueba para ver cómo se desenvolvían los estudiantes ante preguntas complejas…lo tenía claro. Iba a ponerles algo que no se esperasen, así que la mañana del examen escribió el enunciado en Word y mandó imprimir las 30 copias. Las repartió boca abajo, se puso al frente de la clase, y con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja, pidió a todos que dieran la vuelta al examen.

Ojalá hubiera tenido una cámara para grabar el momento.

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