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Los Cines Chaplin

En la playa y con honores / Enterramos los relojes / Funeral por el despertador / Luego en un corcel ciclista / Damos vueltas a la isla / Y no hay podio para el vencedor / Escribieron nuestros nombres / Con brochazos blancos y al revés / Igual que el Tourmalet / Lanzados por un mes, van / Perdidos en el pelotón / Salvados a contrarreloj / En brazos del sofá, van / Nadando a contrapedal / Hundidos en la general / Pero a flote

Esta canción de Vetusta Morla, Tour de Francia, que no es la más conocida de todas y de la cual no he querido reproducir toda la letra, representa muy bien, según sus hordas de fanes acérrimos (entre los que me incluyo), lo que puede ser un verano. Todo el mundo tiene una imagen figurativa de un periodo estival estándar: un chiringuito de playa y una cerveza al mediodía con vistas al mar; una partida de cartas de madrugada en una terraza con una copa de por medio; un barco, o una mochila, o un coche cargado de maletas y bolsas llenas de toallas que bien colocadas podrán servir perfectamente de colchón improvisado en la parte trasera de un Fiat camino del norte, donde sólo te despiertan al atravesar el túnel de Guadarrama.

La mayoría de la gente tiene, además, un recuerdo perfectamente lúcido de su típico verano de pequeño, donde las imágenes del pasado nos siguen transportando a una dulce realidad vivida y que difícilmente podremos olvidar. Entre esas fotografías mentales, yo siempre guardaré un recuerdo inigualable: los Cines Chaplin.

Tener padres que antes de jubilarse habían sido maestros durante toda su vida no da para tener barco ni dúplex en Sancti Petri, pero sí da al menos para haber tenido veranos de 2 meses completos de vacaciones en familia, cuando no más. Antes de tener un apartamento en quinta línea de playa en Rota nos dedicábamos a vagar por toda la costa española. Recuerdo haber inaugurado, como quien dice, Marina D’Or Ciudad de Vacaciones (¿Dígame?), en una feísima Oropesa que válgame Dios el momento en que a mis padres se les ocurrió alquilar nada más y nada menos que no una ni dos, sino dos semanas un apartamento en aquel lugar a medio construir por entonces. A aquello le había precedido Doña Lola, una urbanización de casas en multipropiedad cerca de Puerto Banús, de la cual a mi padre le quisieron encasquetar alguna y menos mal que no cayó en la estafa. También vagamos por Islantilla, Villa Joyosa y no sé cuántos sitios más hasta que mis padres se cansaron de ser nómadas playeros, y optaron por ser terratenientes con segunda residencia. De izquierdas, eso sí, que nunca se pierdan los valores.

Como dos semanas dentro de los meses de verano dan para al menos otro mes y medio más de vacaciones, y Sevilla en verano ya os digo yo que no es una maravilla, de vez en cuando dábamos saltos internacionales. Recuerdo un gran viaje a París en coche desde Sevilla, donde llevaron a un pobre niño inocente de 11 años durante más de un mes a Burgos, Burdeos, París, el Valle del Loire, San Sebastián (en época chunga CHUNGA), Coruña y Huelva. Pero esto da para entrada aparte y ya la contaré. Otro por Bélgica y los Países Bajos, crucero por el mediterráneo, Italia, Praga, Viena, Budapest…lo reconozco, no me quejo ni me quejaré nunca de vacaciones. Mi mapa del mundo virtual tiene aún pendiente muchos países por tachar, pero gracias a esos años ya tengo parte recorrido.

Y sumado al típico recorrido playil y su “viajecito” internacional, siempre le acompañaba Coruña. No por gusto, que también, sino porque uno no se llama Castro por casualidad ni por ser comunista de corazón (que no de razón), sino por tener mitad de sangre gallega. Diez o catorce días por la tierra de las meigas siempre caían, normalmente en agosto y coincidiendo con las Fiestas de María Pita. Ferias gastronómicas de todo tipo y Oktoberfest (en agosto, pero bueno) que cuando era menor no supe apreciar tanto, pero luego bien que me ponía púo. Pero de pequeño, para alguien que le gusta tanto la cultura como a mí, una ciudad que en verano solía ofrecer conciertos gratuitos de artistas como Jarabe de Palo, Dover, M-Clan, Melendi, Antonio Vega…pues era una auténtica gozada.

Y como parte de esa fiesta cultural, verano suele ser temporada de grandes estrenos de películas, por lo que tampoco faltaban numerosas sesiones de cine. Y el cine al que nosotros íbamos se llamaba, nada más y nada menos, que Cines Chaplin. Digo esto no por nada, sino porque Chaplin es de mis directores favoritos y El Gran Dictador me parece una obra maestra sin precedentes en la época.

Ahora que están cerrados y que difícilmente se podría corroborar, me podría tirar el pisto y decir que los Cines Chaplin eran los típicos cines de verano al aire libre al más puro estilo Alfredo de Cinema Paradiso proyectando en la plaza del pueblo. Pero no. Los Cines Chaplin eran pequeños, más bien tirando a cutres, y techados. Pero estaban al lado de casa de mi abuela y se llegaba andando sin tener que subir ni bajar las cuestas de la querida ciudad. Así que allí íbamos cada verano, varias veces si se terciaba, a ver las películas que fueran el éxito de la temporada estival.

El verano de 1999 yo tenía 10 años recién cumplidos y el éxito de verano era la primera película de la saga de Matrix. Con mi corta edad, estaba obsesionado y con un único objetivo en la vida en ese momento: ver Matrix en el cine. En pantalla grande. Con sonido envolvente. Como deben verse ese tipo de películas.

Rompedora, un antes y un después en los efectos visuales, con guiños a la filosofía platónica, Matrix estaba destrozando récords ese año. Me daban igual la playa, el pulpo, el inminente efecto 2000, todo, ME DABA IGUAL TODO. Yo sólo tenía un propósito, un fin ese verano, una única y simple misión que cumplir: VER ESA PUTA OBRA MAESTRA DEL CINE MODERNO. Apoteosis de una generación. Estuve queriendo comprarme una levita como la de Morpheo años. Lloré lo indecible hasta conseguir unas gafas de sol parecidas a las de Neo. Me rompí 7 veces la cadera imitando la esquivada de balas del protagonista contra uno de los agentes en ese tejado en una escena que han hecho guiños cientos de películas y series durante años. “Sigue al conejo blanco”, la puta pastilla roja, Elrond de El Señor de los Anillos luchando como si le hubieran enseñado Kung Fu desde que estaba en la cuna, la JODIDA MÚSICA, las letras verdes rodeándolo todo, el Oráculo, el maldito niño calvo diciendo “NO HAY CUCHARA”, repito “N O – H A Y – C U C H A R A”.

Todo es ÉPICO en esa película. TODO. Cada escena, cada frase, cada toma, cada ángulo de cámara. Es metafísicamente imposible que te aburras viéndola. Mi generación está marcada por ella, todos la recordamos y seguirán pasando años y no pasará de moda. Y yo sólo pedí una cosa: verla en el cine. Porque una vez la quitaran, ya no habría vuelta atrás y la oportunidad de disfrutarla en todo su esplendor, por primera vez, habría desaparecido como lágrimas en la lluvia. Por suerte tengo un padre que me quiere mucho y ante las súplicas de su amado hijo no pudo resistirse: “claro que sí hijo, hoy vamos a los Cines Chaplin y la vemos”.

No cabía en mí de la emoción. Me dicen que me llevan a Disney Land París en pase privado VIP con todos los personajes montándose conmigo en las atracciones y que luego me van a juntar con Rosa (mi amor platónico de la infancia) a cogernos de la mano solitos por el parque y me la suda al lado de lo que significaba ese momento. Estaba pletórico a un nivel que no os puedo describir. Del portal de casa de mi abuela a la entrada de los Cines Chaplin distaban apenas 5 minutos andando y de los nervios se me hicieron eternos de lo que me temblaban las piernas. Había oído tantas maravillas de todos mis amigos que ya la habían visto que ya no sabía qué creer, pero sabía que aquello me iba a marcar para el resto de mi vida.

Y vaya si me marcó.

Con antelación suficiente habíamos llegado a la taquilla del cine que daba a la calle y se veía perfectamente que había pases de sobra. Diferentes horarios y butacas, incluso un par de salas, en definitiva, opciones miles para verla porque ya habían pasado varias semanas desde el estreno. No había ningún tipo de excusa para no pasar la posiblemente mejor tarde de cine de mi vida, la que recordaría para los restos, de esas que se marcan a fuego. No la había, repito.

Pues no, la había.

A mi padre, observando las pantallas iluminadas donde se reflejaban las sesiones, de repente se le cambia ligeramente el rictus. Como si quisiera dejar constancia ante Notario y sentar antecedentes para un futuro proceso judicial, mi padre pronunció en voz altas las siguientes palabras

– ¡Ah! ¿Que es para mayores de 18 años? – silencio incómodo de 3 segundos, mientras gira la cabeza hacia mí y me mira a los ojos – Pues…NO VAMOS A VER ESA PELÍCULA PARA MAYORES.

Yo creo que de mi dolor en el pecho se debió originar una ruptura espacio-temporal que originó el coronavirus en la actualidad. Mientras balbuceaba, las imágenes de vacíos, precipicios y explosiones de bombas atómicas se juntaban en mi cabeza con la voz aumentada y maléfica de mi padre repitiendo una y otra vez esas palabras. “NO VAMOS A VER ESA PELÍCULA PARA MAYORES”. Hoy en día podría literalmente no sólo demandarle, sino ejecutarlo a plena luz del día con saña y alevosía delante de miles de testigos y ningún juez del universo podría encarcelarme. Es más, seguramente me darían la razón. Pero en aquello época yo, inocente de mí, sólo intentaba buscar una explicación lógica a todo aquel sinsentido y despropósito para intentar razonar con mi padre. Porque claro, cuando dos años antes me habían llevado al mismo cine a ver la primera película de Austin Powers SÍ SE PODÍA, OYE, y cuando el año anterior al estreno de Matrix me llevaron a ver también en los Cines Chaplin Torrente: el brazo tonto de la ley NO, PARA UN NIÑO DE 9 AÑOS NO HABÍA PROBLEMAS EN VER A SANTIAGO SEGURA DICIENDO BARBARIDADES, PERO SÍ EN VER A KEANU REEVES CERRANDO EL PUTO SIGLO XX CON UN PELICULÓN COMO LA COPA DE UN PINO. Al año siguiente se estrenó si no me equivoco Gladiator QUE VI, CON SU CONSENTIMIENTO, HASTA 3 PUTAS VECES EN EL CINE Y TARANTINO SE MASTURBA CON LAS ESCENAS DE SANGRE DE ESA PELÍCULA, PERO NO, NOOOOO, MATRIX NO QUE PERVIERTE AL NIÑO. ¿Qué hay un juego vetado en 87 países que se llama Carmageddon que consiste en ganar puntos atropellando a gente? PUES TU PADRE JUEGA CONTIGO INCITÁNDOTE CON CARA DE LOCO MIENTRAS TE GRITA “MIRA MIRA, UNA PAREJA DE NEGROS, ATROPÉLLALOS QUE DAN MÁS PUNTOS”.

PERO NO, LA PELÍCULA DE MATRIX ES PARA MAYORES DE 18 Y NO SE PUEDE ENTRAR.

Y todos, aparte de estar odiando a mi querido padre espero y juzgándole como se merece en este momento y apiadándoos de mi alma estaréis pensando “JODER, NO PUEDE HABER MAYOR ABERRACIÓN EN EL MUNDO CONTRA TU HIJO”.

PERO ES QUE NO ES LO PEOR.

NO.

REPITO: NO ES LO PEOR.

Viendo los ganadores de los Óscar de la época posiblemente estuvieran en cartelera American Beauty, el Club de la Lucha, Todo sobre mi madre, la Milla Verde, El Sexto Sentido, Tarzán, Las reglas de la casa de la sidra, El Talento de Mr. Ripley o Star Wars I: La Amenaza Fantasma (aunque ésta me pega más en Navidades del año anterior). OJO a la posible cartelera, repito. O – J – I – T – O a los años dorados del cine de entonces, donde ahora estrenan Tenet que no la entiende ni Piiiter y nos flipamos.

LO PEOR ES QUE HABRÍA UN PUTO CARTELÓN, INSISTO, ESE VERANO, CON CIENTOS DE ALTERNATIVAS QUE VER, OTRAS PELÍCULAS MARAVILLOSAS, ESTUPENDAS, DE ÓSCAR SEGURO. QUE NO SERÍAN COMO MATRIX PERO COÑO, SEGURO QUE ERAN BUENAS PELÍCULAS. E INCLUSO PARA TODOS LOS PÚBLICOS, NI SIQUIERA PARA MAYORES DE 7 AÑOS.

PERO ELIGIÓ COMO ALTERNATIVA OTRA:

MANOLITO GAFOTAS.

MANOLITO GAFOTAS.

REPITO:

MANOLITO

GAFOTAS.

La primera de toda la saga…

Y ése es mi recuerdo de verano: los Cines Chaplin de Coruña, viendo Manolito Gafotas en vez de Matrix. ¿No es precioso?

P.D: Matrix la terminé viendo el año 2000 o 2001 en pantalla de televisor pequeño, en casa del que por entonces era mi mejor amigo, Sergio, en presencia de su hermano mayor, Luis, informático al más puro estilo Sheldon Cooper, máster de muchas de nuestras partidas de rol, y que por aquel entonces era mi catequista pre-confirmación junto con otro chaval, Adrián, que más años descubrí era gay, PERO CLARO LO DE VERLA EN EL CINE UN AÑO ANTES CON TODA LA CALIDAD DEL MUNDO ERA MUCHO MÁS PELIGROSO PARA MI SALUD MENTAL, PAPÁ. Pero bueno eso es otra historia, digna de otra entrada.

4 comentarios sobre “Los Cines Chaplin

  1. Debido al desprestigio que voy a sufrir ante los numerosos e incondicionales seguidores por este texto manipulador y tendencioso, me veo en la obligación de manifestar lo siguiente:
    1. Manolito Gafotas era tu héroe y cada vez que se publicaba un libro lo pedías y yo te lo compraba. En tus estanterías he contado siete. Así que cuando se estrenó la película, estabas deseando ir a verla.
    2. No me quieras convencer de que un niño de 10 años, por muy inteligente e imaginativo que sea es capaz de entender ni la mitad del argumento de Matrix. Todavía hay millones de personas que habiendola visto una docena de veces todavía no la han entendido. Y si hablamos del final, ni te cuento.
    3. A los niños hay que decepcionarlos y desilusionarlos de vez en cuando, para que se vayan acostumbrando a sufrir los momentos difíciles de la vida. Eso es aprendizaje también. Aunque me temo que esto te ha traumatizado y todavía no te has recuperado, por lo que veo.
    Pero no me dirás que no le has sacado partido a esa anécdota, que la cuentas cada vez que puedes.
    4. Para terminar, te recuerdo que más tarde te compré toda la colección de DVD’s de Matrix. Eso no lo cuentas, no.
    Un beso muy fuerte y cuidate, que los madriles son muy traicioneros.

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