Relatos

Desde su ventana

A Antonio le encanta ese momento de la tarde en primavera. El cambio de hora, que pronostica un cercano periodo estival, permite que el sol se ponga primero sobre las ocho y algo y, a medida que van pasando abril, mayo, y así sucesivamente los meses, el astro va anocheciendo cada vez más tarde, hasta que la hora de la cena coincide aún con los últimos rayos de sol. A ello se suma el cambio de temperatura, el insistente cantar de los pájaros por su zona que aprieta aún más por esta época, e incluso un cambio de olor en el ambiente que atrae el no muy lejano aroma marino. Un mar del que lamentablemente hace tiempo que no disfruta, pero al que está seguro que volverá tarde o temprano. Los escasos kilómetros que distan desde el lugar donde vive ahora en la provincia de Cádiz hasta la playa son, por desgracia en las circunstancias actuales, una distancia insalvable que hasta dentro de unos meses no podrá recorrer.

Por las sombras que se dibujan tras la ventana intuye que debe estar acercándose esa hora del día en torno al cual desde hace semanas su jornada se distribuye. Al principio le pareció que aquella costumbre iba a durar un día, dos, una semana a lo sumo, y que luego la gente se olvidaría completamente de aquello. Pero ante situaciones extraordinarias, medidas desesperadas, supone, y no hay ni un solo día que a las 20:00, incluso un poco antes, comiencen a oírse los primeros tímidos aplausos que terminan arrancando uno general que perdura unos 5 minutos aproximadamente. Según tiene entendido, todo comenzó por algo tan nimio como un mensaje de whatsapp, que se fue extendiendo como la pandemia que están viviendo él y el resto del planeta, y que contenía una propuesta muy simple: todos juntos a las ventanas y balcones, a aplaudir, por los sanitarios que luchan cara a cara contra el virus. La primera convocatoria fue a las 10 de la noche, pero inmediatamente se adelantó 2 horas para que los pequeños se pudieran unir también a ese momento festivo en el que al menos una vez al día compartir espacio, aunque distanciado, con los más cercanos.

Antonio se pregunta quién iniciaría todo aquello. Cree recordar que en España se imitó la iniciativa que ya se hacía en Italia desde dos semanas antes, pero quién la inició allí. ¿O también la copiarían de China? ¿Quién sería la primera persona que tecleó en su pantalla un mensaje, se animaría a pasarlo a sus grupos de amigos y familiares, y consiguió que se extendiera hasta que en tantísimos rincones del mundo se copiara su gesto? ¿Se sabría quién era la persona? ¿Estaría orgullosa en su casa, o harta de que todos los días, uno tras otro, se repitiera la misma cantinela sin saber bien cuándo cesaría? ¿Se habría planteado esa persona solicitar derechos de autor? ¿O en realidad había sido promovido por alguna asociación, ONG o grupo televisivo? Con tantas preguntas en la cabeza, seguramente ocasionadas por la cantidad de tiempo libre que tenía, se había ensimismado hasta tal punto de que el rumor de las palmadas le trae de vuelta a la consciencia de dónde está y qué hora es. Se incorpora, saca las manos por la ventana, y se une al coro de vítores que ya se hace latente al otro lado.

Y así, un día tras otro. Antonio por suerte disfruta de las particularidades que incluye su rutina. Las comidas desde luego son de sus momentos preferidos, y saborea cada bocado que da como si fuera el último. Intenta hacer todos los días algo de ejercicio y lee asiduamente. Pretende salir de esta situación, como dirían en la antigua Roma, con mens sana in corpore sano. Lo que sea para motivarse a seguir pasando día tras día sin caer en la desmotivación y la desdicha. Pero de nuevo, sabe que lo que más le motiva en este momento es al caer la tarde. Y está aún más motivado aquellos días que puede salir al patio, que ojalá fueran todos. No es lo mismo aplaudir desde la ventana, solo, que rodeado de sus vecinos de celda, con los que puede charlar guardando la debida distancia de seguridad. Además, no es lo mismo aplaudir desde un patio al aire libre que a través de una ventana con barrotes.

El centro penitenciario de El Puerto de Santa María tiene módulos mixtos, aunque los presos de un módulo no ven a los de otro salvo en actividades comunes como el cine o en las salidas al patio. Por eso le gustan tanto los días que le dejan salir para aplaudir a las 8. Ese cruce de miradas, esas sonrisas cómplices, y esos gritos obscenos a veces de fondo que no le impiden seguir centrado en su objetivo, al que mira impertérrito sin abrir la boca. Lleva semanas sin quitarse ese pelo rubio rizado de sus pensamientos, en sus ojos azules y en cómo le miran, y le encantaría pedirle que dejase de aplaudir para poder observar tranquilamente sus delicadas manos un momento y acariciárselas con suavidad. Al principio las miradas eran tímidas, pero a medida que habían ido transcurriendo los días y semanas con esta situación, disimuladamente se observaban desde lejos mientras el resto aplaudía y gritaba, sin que nadie posiblemente reparase en el cruce de complicidades. Era gran parte de lo que le mantenía motivado durante el día, que llegara aquella hora para poder volver a explorar de lejos a aquella belleza, y a veces Antonio hasta daba gracias por haber cometido aquel robo con violencia que le mantendría aún un tiempo en ese mismo espacio. Además, ya sabía su nombre.

Todo había ocurrido hacía varios días, ya no recordaba cuántos. Llevaban tiempo mirándose, cada vez de manera más evidente, y sabía que el interés era mutuo. En una de las tardes de cine, les había tocado el mismo turno, al dividirse los presos para poder guardar la distancia de seguridad, y como sabía que le tocaba el mismo que él, se animó a sentarse al fondo de la sala, a una distancia de 2 sillas como marcaba la norma. Al principio no se dijeron nada, así que Antonio fue en primero en hablar.

– Vaya la película que echan hoy, eh, ya podrían haber elegido otra.

– Ya ves – rió mostrando una bonita dentadura blanca y achinando los ojos, lo que hizo que Antonio se estremeciese aún más – la verdad es que “Contagio” en estos momentos nos puede volver a todos más locos, si cabe.

– Bueno, al menos entretenida es…

Los dos guardaron silencio unos segundos, y al final se lanzó a preguntar:

– ¿Cómo te llamas?

– Antonio.

– Anda no jodas, como yo.

Estuvieron toda la película hablando, mientras en la pantalla se visualizaba una película americana sobre una pandemia que se extendía rápidamente por el mundo y aniquilaba a un porcentaje alto de la humanidad y donde, cómo no, una investigadora estadounidense termina encontrando la vacuna en apenas semanas y de forma heroica. Los restos de compañeros comentaban en voz alta ciertos detalles de la proyección, pero ellos aprovechaban para descubrir más cosas el uno del otro. De dónde eran, dónde habían vivido, cuáles eran sus aficiones, y por qué estaban allí. Le sorprendió que Antonio estuviera por homicidio imprudente: más alcohol de la cuenta, un coche que se sale en una curva de una calle, y un peatón fallecido. Aún le restaban años de cárcel. A él, por su robo, apenas un par de meses.

Desde entonces, sólo habían vuelto a verse en el patio al estar en módulos diferentes, pero habían acordado al final de la película que cada vez que coincidieran en el turno de cine se pondrían al final de la sala y así podrían hablar tranquilamente. Y así hacen. Semana tras semana, se ponen al día de cualquier aspecto de su vida, con preguntas cada vez más intimas, y a veces con un denotado mayor nerviosismo por ambas partes. Y de trasfondo, un virus que parece no dar tregua nunca.

Hasta que llega su penúltimo día. Los dos habían hablado del tema en varias ocasiones sin darle mucha importancia, pero aquel día nota a su tocayo diferente. Más callado, más serio y sin mostrar su sonrisa cuando se sienta cerca suya. Están un largo rato sin decir nada, hasta que es él mismo quien decide susurrarle que vendrá a verle. Antonio suspira, agacha levemente la cabeza haciendo que su pelo rizado se incline tapándole los laterales de los ojos, sin que se le pueda ver bien qué expresión tiene para dejar adivinar qué piensa. Y tras varios segundos así, se levanta lentamente y se va de la sala, mientras Antonio le observa compungido sin saber qué decir.

Siempre pensó que al salir de prisión estaría pletórico, y que lo primero que haría sería coger un taxi a Cádiz a ver el mar y tumbarse en la arena, aunque fuera vestido. Pero ese día llega y no puede moverse libremente, ni se siente pletórico. Tiene un nudo extraño en el estómago que casi le impide respirar en condiciones. Está parado en la explanada de fuera del edificio que da a la carretera secundaria que unen Jerez, Rota y el Puerto de Santa María, y no sabe qué hacer. Hace sol, buena temperatura y una ligera brisa que le invita a no quitarse la chaqueta por si acaso. Y sin embargo, echa de menos su celda. Aunque en el fondo sabe por qué. Es irónico, pero jamás pensó que la libertad pudiera ser la peor de sus cárceles. Sin un trabajo y sin tener muy claro a dónde ir, sin poder moverse libremente, sin un futuro en el que depositar confianza, de repente se siente angustiado, y daría lo que fuera por haber mal logrado en el juicio que le hubieran condenado a más tiempo de condena. En una época en la que es consciente que todo el mundo a su alrededor debe estar deseando poder salir a la calle, a los bares, al cine, él sólo piensa en volver adentro a su patio, su cantina y su sala de proyecciones con Antonio.

Da media vuelta y entra en la oficina de bienvenida a visitantes. Saluda y el guardia de la recepción le mira extrañado.

– Tú eres Antonio, ¿no? ¿No salías hoy?

– Sí, pero quiero solicitar una visita a un preso. Antonio Rodríguez Díaz.

El guardia al principio le mira extrañado, pero luego encoge los hombros resignado y le dice que está de suerte, que hoy mismo es día de visitas y que al no esperar Antonio ninguna, puede hacer una excepción y otorgársela hoy mismo, “pero sólo porque es el día que es” le dice señalándole con el dedo con sonrisa cómplice.

Antonio accede al módulo de visitas, sintiendo propio todo aquello que ve pero extrañado al mismo tiempo, dada la posición en la que está. Tiene la misma sensación de cuando visitaba de pequeño su antiguo colegio al poco de haber terminado primaria. Sólo que está más nervioso y le tiemblan las manos. Pero allí está él, esperándole al otro lado del cristal, mirándole con cara circunspecta y a la vez media sonrisa dibujada, como sorprendido. Se sienta enfrente, sonríe, saborea esos momentos y dice, triunfante:

– Te dije que vendría a verte.

Y así hace, los 4 años siguientes, hasta que Antonio sale de la cárcel. Y lo primero que hace es pagar un taxi para ir juntos a la playa.

2 comentarios sobre “Desde su ventana

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