Relatos

Coronavirus

La comida del hospital me recuerda mucho a la de los aviones. La bandeja de plástico blanca, las porciones medidas y no muy abundantes, con un poco de todo: un poco de hidrato, un poco de proteína, un poco de verdura, un trozo de pan, una botella de agua. La diferencia es que aquí, aunque lo hubiera pedido, no me habrían traído alcohol. Ni una mísera cerveza en lata.

El habitáculo donde me encuentro también tiene pinta de cabina de avión. Paredes blancas, rumor envolvente de ventilación, luces nítidas que no me dejarían dormir si lo intento. La diferencia aquí sí era un poco más evidente: no estoy rodeado de pasajeros, ni me ocupa parte de mi espacio un gordo seboso que no haya querido pagar un asiento extra para espatarrarse a gusto, y mi silla con espacio estrecho se ve sustituida, en este caso, por una amplia cama con sábanas de papel blanco y una gran almohada donde recostar la cabeza cuando quiero descansar. Todo ello en una típica habitación de hospital con el contenido indispensable: una tele antigua colocada en alto, un cuarto de baño separado por una puerta, una mesa, y un sillón donde las visitas pueden descansar. Todo este espacio es separado debidamente de la puerta de entrada a la habitación por un gran plástico transparente que corre sellando perfectamente los 4 ángulos (techo, suelo y las 2 paredes laterales), con una única abertura de rejilla esquinada que es alimentado por un sistema de ventilación especial para estos casos.

Estas ligeras similitudes con la cabina de un avión me hacen recordar la concatenación de acontecimientos que me han llevado a estar recluido aquí dentro. Dependiendo de lo lejos que quiera llegar, puedo quedarme más o menos cerca en el tiempo. En la versión más conservadora, basta con ir al día en que acudí a la agencia de viajes con un presupuesto y un número de días de vacaciones en la cabeza. La chica que me atendió me sonrió diciendo que me podía ofrecer muchas opciones que se ajustaran a mi esquemas, pero que en la última semana les había entrado una oferta bastante jugosa para un recorrido por el gigante asiático durante 2 semanas. Nunca había estado en China y en su momento me pareció un destino ideal para desconectar, irme muy lejos y tener un encontronazo frontal con una cultura totalmente diferente a la española. Bendita la hora.

En la versión más imaginativa, que es honestamente la que más practico estos días con la cantidad de tiempo libre que tengo, me remonto a absolutamente todo lo anterior: las vacaciones me las cogí porque me lo permitían tanto el salario como los días otorgados en el trabajo donde entré hace ya 3 años, en el que seguramente entré por la experiencia adquirida en el trabajo anterior, donde comencé de becario por haber elegido mi preciosa carrera en aquella facultad en la que pude entrar por haber optado por la vía de bachiller de sociales, tras un largo periplo por primaria y secundaria donde poco a poco se fue forjando mi amor por el derecho, sumado seguramente a la educación recibida en casa y a las miles de influencias externas que me han ido esculpiendo en la persona que soy hoy y que, divagando como lo estoy ahora que no tengo nada mejor que hacer, posiblemente era algo sobre lo que realmente no he tenido capacidad alguna de decisión, y solamente soy fruto de un destino infausto del que sólo soy conocedor del pasado y creo ser poseedor de su presente para cambiar el futuro, cuando en realidad todos mis pasos están ya dados sin poder elegirlos y mi única posibilidad es recorrerlos hasta que me muera, bien dentro de muchos años o, como ya he pensado en los últimos días, más pronto que tarde.

Como veis, me aburro mucho. Y empiezo a notar que ya no soy la persona positiva y vivaz que era antes de entrar ingresado en el hospital. Antes de que comenzaran la tos, la fiebre, los dolores de cabeza continuos y la fatiga, síndromes que atribuí a una gripe estacional, yo era un torbellino de felicidad y todo me iba absolutamente bien en la vida. Pero ser diagnosticado como el primer caso de español infectado por coronavirus e ingresado en régimen de aislamiento absoluto con régimen no sé cuántos y protocolo de actuación no sé qué, pues qué queréis que os diga, te cambia la vida chico.

Al parecer estoy siendo un caso mediático considerable, y cada vez que pongo la televisión del cuarto siento una extraña sensación cuando oigo cada dos por tres mi nombre en los telediarios, da igual la cadena que ponga. Las visitas de familiares y amigos son reducidas y bajo un estricto protocolo de contención. Al menos me llevo la imagen graciosa de ver a mis padres y a mi hermana embutidos en unos trajes especiales, a pesar de estar al otro lado del plástico de la sal que nos separa pero que nos permite charlar y que me pongan al día. No es tan gracioso ver a mi madre llorar y mascullar entre dientes que pobrecito mío que ya me dijo que China era mala idea y no sé cuántas ideas catastróficas más. Reconozco que siempre he sido el positivo de la familia, pero no sé si la presión social me está pudiendo y poco a poco me puede la pesadumbre y el llevar encerrado aquí ya 10 días y no notar mejoría. Llevo ya un tiempo poniéndome en lo peor y os puedo asegurar que no sé cómo afrontarlo. Pero bueno, mientras tanto confío en el estupendo servicio de salud pública de este nuestro querido país, y aprovecho para tomarme esto como un descanso del trabajo y una oportunidad para ver muchas series y leer mucho.

Pero aun así, me aburro. Me aburro mucho. Esto de que no me dejen salir de la mierda ésta rodeado de plástico, que seguro que Greta Thunberg se llevaría las manos en la cabeza, es un auténtico fastidio. Así que he pensado que tengo que idear algo para darme alguna vueltecita nocturna sin que me vean. No es que quiera contagiar a nadie ni mucho menos, no me ha dado aún por ser un maníaco psicópata que pretenda provocar una epidemia de consecuencias catastróficas para la ciudad, el país o quién sabe si la humanidad. Pero dar un paseo, estirar las piernas, ver a más gente que no sean mis médicos, enfermeras y visitas habituales…vivir de manera algo más normal esta reclusión al menos.

Llega la noche y me preparo para iniciar mi primer intento. Me he fijado que el plástico que divide a la habitación tiene una abertura en cremallera que no parece tecnología de alta precisión, así que me detengo a observarla de cerca con la luz de la linterna del móvil para no levantar las alarmas de ser un paciente de especial seguimiento despierto de madrugada. Efectivamente parece una cremallera normal y corriente, de plástico, con el inconveniente de que a primera vista sólo se puede abrir desde fuera. Rápidamente recuerdo que dentro de las cosas que me dejaron traerme al hospital fueron algunos documentos del trabajo (es lo que tiene ser un trabajador incansable) que inicialmente iba a revisar pero que, para qué engañarnos, soy el paciente más grave de este país así que tendré derecho a disfrutar de mi baja en toda su plenitud, así que donde vinieron se quedaron sin tocar. Pero esos documentos venían con unos clips, así que los saco de la mochila, extraigo los clips y me pongo a doblarlos de manera que dos de ellos tengan punta. Y me pongo manos a la obra.

Quince minutos después, me está latiendo el corazón como hacía tiempo que no lo hacía. Tras una maña que si me hubiera visto mi madre estaría orgullosa de mí, he conseguido introducir poco a poco y con mucha paciencia los clips en el pequeñísimo espacio de la cremallera y comenzar a abrir hueco, hasta que la abertura de un dedo meñique me ha permitido seguir avanzando con la mano. Sudando por el esfuerzo y por los nervios, intento coger aire mientras pienso qué hacer ahora. Como abogado pienso en las consecuencias que podría tener si me pillan saliendo de la habitación, pero mi cerebro está espeso ahora y no recuerdo si existe algún tipo penal específico por propagación de epidemia por imprudencia grave en grado de tentativa. Que le den a la justicia, yo sólo quiero salir a dar una vuelta. El protocolo de seguridad será todo lo refinado que quieran, pero que una vez superado el plástico, la puerta de la habitación que da al resto del hospital se pueda abrir sin problemas me parece un clamoroso ejemplo de lo confiada e inepta que puede llegar a ser la gente. Abro la manivela con mucho cuidado y con la cabeza pegada a la puerta empujo poco a poco la puerta hasta que me permite observar el pasillo. Vacío. Son pasadas las 2 de la mañana y no se observa movimiento. Tampoco me han puesto a ningún vigilante al no ser un recluso, así que tras asomar la cabeza para visualizar el otro lado del pasillo y comprobar que tampoco hay nadie, me decido a dar sigilosos pasos hacia la siguiente esquina.

Mi pulso sigue siendo elevado pero a cada paso que doy estoy más confiado en lo que estoy haciendo: por suerte mi cara aún no ha salido por televisión porque mis padres se aseguraron de preservar mi privacidad de cara a los medios, y el personal del hospital que podría reconocer mi cara está contado con los dedos de una mano, por lo que sería demasiada casualidad encontrarse con ninguno a estas horas. Si alguna enfermera que esté de guardia me pregunta que qué hago a estas horas deambulando por el pasillo, bastará con decirle que me he desvelado y que quería dar un paseo y hacerme el despistado. Aunque ni siquiera llego a ese extremo: tras unos minutos caminando, leo el cartel que indica que estoy accediendo a pediatría, y de momento no he tenido que afrontar ninguna mentira. Aunque no soy muy fan de los niño pequeños, me imagino que igual, como ocurre en las películas, habrá una sección de neonatos que estarán expuestos delante de un cristal para que los padres puedan embelesarse y mirar con cariño a sus recién nacidos retoños. Pero antes de poder encontrar nada de eso, veo a la primera persona. No es ningún trabajador del hospital, sino un niño pequeño. Lleva puesto el típico batín de paciente ingresado de hospital y está sentado en una silla en el pasillo, jugando con un móvil. Sin necesidad de ser médico, reconozco inmediatamente qué es lo que puede sufrir el niño: su cabeza está totalmente sin pelo y en apariencia es más delgado de lo que debería. Antes de saludarlo, mientras me acerco leo que estoy en el área de oncología pediátrica, lo cual confirma mis sospechas.

– ¡Hola! ¿A qué juegas?

El niño por fin repara en que alguien se le había acercado y levanta la mirada del móvil. Me mira y sin inmutarse demasiado, como si charlar a estas horas con un desconocido en un hospital fuera lo más normal del mundo, me responde con un nombre que desconozco. Le pregunto si le importa si me puedo sentar en la silla de al lado, a lo que simplemente asiente con la cabeza y vuelve a concentrarse en el móvil. Estoy feliz de por fin hablar con alguien, aunque sea un niño pequeño y aunque éste eche más cuenta al móvil, pero tampoco podía esperar encontrarme con un grupo de debate de adultos ahora mismo en este sitio, así que intento centrarme en sacarle algo de conversación banal al pequeño.

– ¿Qué haces despierto a estas horas?

– No podía dormir.

– ¿Y por qué estás en el pasillo y no en tu cuarto?

– Porque Jaime no me deja dormir.

– ¿Y quién es Jaime?

– Mi compi de habitación, otro niño calvo como yo.

– Ah.

Seguimos hablando de ningún tema en concreto durante un rato más. Poco a poco consigo que Juanito, que es como me dice que se llama, deje de jugar tanto con el móvil y se centre más en mí. Lo de contarle que soy un paciente muy importante que está muy grave y que han venido médicos de todo el mundo a ver qué tengo y que no dan con la cura parece entretener al chaval. Nos despedimos con la condición de que se vaya a dormir y le prometo que vendré a ver otro día.

Me despierto mucho más motivado tras mi excursión de ayer. Un día de pruebas médicas con análisis de sangre, orina, mediciones de temperatura y placas de tórax se afronta mucho mejor cuando tengo planeado volver a salir esta noche de mi habitación. Me he escondido los clips, mis queridas armas del delito, y estoy seguro de que cada noche que lo haga adquiriré más práctica y me resultará todo más fácil. Y efectivamente así es, sólo que en esta ocasión caigo en que igual es mejor vestirme de normal con la ropa que tengo guardada en el cuarto y por si acaso aparentar ser una visita que está de guardia durmiendo con algún familiar. Me felicito a mí mismo cuando paseando por otro pasillo del hospital diferente al de ayer me cruzo con un par de médicas a las que simplemente doy las buenas noches de manera natural y éstas apenas recaen en mi presencia. Con una sonrisa de oreja a oreja, giro varias veces, bajo algunas escaleras y llego a una sala donde una mujer de espaldas está comprando una chocolatina de una máquina. Tomo nota mental: mañana tengo traer la cartera para comprarme una chocolatina. Me coloco detrás de ella intentando hacer ruido suficiente para que no se asuste. Se gira de forma que no soy capaz de verle bien la cara, pero antes de que se vaya se me ocurre una forma de sacarle conversación:

– Perdona que te moleste, ¿no tendrías suelto para dejarme ahora? Es que me he dejado la cartera en la habitación, si quieres puedo ir ahora y devolverte lo que me prestes.

La mujer se para, parece dudar al principio, pero tras unos segundos de incertidumbre se da la vuelta, y con la cabeza gacha me da unas monedas. ‘Tranquilo, no hace falta que me lo devuelvas’. Doy gracias de que lo hace sin llegar a mirarme a los ojos, pues seguro que hubiera notado mi cara de sorpresa al darme cuenta de que tiene la cara llena de moratones. Me quedo con el dinero en la mano y un susurrado ‘gracias’ mientras veo como la mujer sigue su camino sin que se me quite la cara de estupefacción. Cuando consigo recomponerme, compro de la máquina y decido volver a mi cuarto. Por hoy ya es suficiente.

– Hoy tienes entrevista por teléfono con la radio. ¿Has pensado qué vas a decir?

Mi padre al otro lado del plástico me lo pregunta mientras yo miro a un punto de la pared despistado, pensando en otras cosas. La verdad es que no, no sé muy bien qué me van a preguntar y por tanto no sé anticipar muy bien qué debería responder, pero en voz alta le digo a mi padre que claro que sí, que está todo controlado. Esta mañana vino el médico a hacer su control rutinario matutino y me confirmó que una conocida radio de ámbito nacional quiere entrevistarme por teléfono y que si daba el consentimiento le proporcionarían mi número de teléfono. He de reconocer que esto de ser el centro de atención tiene su qué. Sí, es una putada estar ingresado y no saber si me voy a morir pronto o si esto es una alarma exagerada, pero quitando eso, siento que me tienen entre algodones y que todos los cuidados son tomados con extrema meticulosidad. En las noticias siguen hablando de mí, narrando los partes médicos que dan oficialmente y que aseguran que me mantengo estable sin síntomas de empeorar, lo cual es cierto. Pero no es suficiente y quieren oír mi voz para que dé fe yo mismo, lo cual me parece estupendo. Minutos de gloria que, si salgo de ésta, podré comentar entre risas en el trabajo y con los amigos.

Mi hermana está al otro lado del teléfono radiante de felicidad. Toda la familia ha escuchado en directo la entrevista y ha quedado súper contenta. Que qué bien he hablado, que qué simpático he sido, que qué buena imagen he dado, que qué bien me ha tratado la periodista. Y no le falta razón, yo por mi parte estoy loco de contento de no sólo haber salido del paso sino con matrícula de honor, aunque he de decir que efectivamente la periodista ha tenido mucho que ver: sus palabras sólo eran de apoyo y de reconocerme un mérito de categoría casi de súper héroe. Tengo unas ganas tremendas de salir esta noche a mis ya habituales paseos a comentarlo con Juanito. Así que después de cenar y habiendo dejado un tiempo prudencial, procedo de nuevo a toda la parafernalia, y vestido de “paisano” me dirijo a la zona donde tuve el encuentro con la mujer con moratones en la cara. Esta vez con dinero propio, compro un par de tabletas de chocolate y me vuelvo a recorrer el camino hacia oncología infantil. Juanito no está de primeras en el pasillo jugando como en la anterior ocasión, así que decido sentarme fuera a esperar. Cinco, diez, veinte minutos…del cuarto de Juanito no sale nadie, así que como estoy seguro que no le va a molestar que le despierte, decido entrar sigilosamente a dejarle el chocolate a los pies de la cama para que al despertarse mañana le haga toda la ilusión del mundo. De las 2 camas que hay en la habitación, una está totalmente hecha y vacía, y la otra está ocupada por un niño que emite ronquidos, al que inmediatamente reconozco que debe ser el tal Jaime famoso.

– ¿Quién es usted?

A pesar de que es un susurro, no puedo evitar sobresaltarme cuando la voz de una mujer adulta me interroga desde un lado de la cama de Jaime que no había llegado a visualizar.

– Disculpe, no quería molestar. Conozco a Juanito y venía a verle y a dejarle unas chocolatinas.

La mujer, que debe ser la madre de Jaime, cambia el rostro y me mira con pena. Con un leve gesto de cabeza, me indica que vayamos fuera de la habitación. Una vez que ha cerrado la puerta y estamos en el pasillo, gira un rostro sombrío hacia mí que comienza a preocuparme seriamente. Titubea mientras se toca una mano con la otra ‘no sabe cuánto lo siento…no sé por qué no le han avisado a usted…’

– A Juanito se lo llevaron ayer y no ha podido superarlo. Me han comunicado que falleció esta tarde.

Aunque llevaba unos segundos que me temía lo peor, no puedo disimular el mazazo que me supone la noticia. Se me caen los brazos a los dos lados del cuerpo y aunque no tengo un espejo, noto que mi rostro debe estar mostrando una pena similar a que te digan que se ha muerto un familiar. Apenas había estado, ¿cuánto? ¿Media hora hablando con el niño? Pero se me viene a la cabeza la sonrisa del pequeño cuando le contaba todas las pruebas que me estaban haciendo, los medios de comunicación que hablaban de mí y lo controlado que me tenían todo, y la gracia que le hacía cuando le contaba las visitas que recibía de personas con trajes de plástico. Por un momento había conseguido dibujar alegría en el rostro de un chaval que posiblemente ni sabría lo que tenía, y pretendía hacerlo de nuevo esta noche. Pero ya no habrá más noches para Juanito. Me doy cuenta de que llevo un rato callado con la boca entreabierta y la madre de Jaime me mira con compasión. Le doy las gracias por contarme todo, y le deseo suerte con su hijo. Me doy la vuelta para volverme a mi cuarto a intentar dormir algo, cuando me doy cuenta de que aún llevo las dos tabletas de chocolate en la mano.

– Disculpe, tome. Déselas a Jaime, espero que pueda comer chocolate.

Apenas he conseguido pegar ojo, así que cuando el médico me dice que vuelve a haber otra cadena interesada en entrevistarme por la radio en directo, tras el éxito del día anterior, al principio no retengo la información y tengo que volver a preguntarle a mi doctor qué me ha dicho. La noticia la recibo con media sonrisa, y el día lo paso como en una especie de nube y miles de ideas en la cabeza que me martillean sin descanso. La entrevista vuelve a ir bien, aunque se me debe notar que el tono de voz esta vez no es tan vivaracho como el de ayer, porque mi hermana cuando vuelve a llamarme al concluir el programa me pregunta si estoy bien. Eludo hablar del tema diciendo que no que estoy bien pero que son ya 2 semanas aquí y que empiezo a estar cansado.

Hoy no me apetece nada mi paseo nocturno, pero decido darlo aun así porque no creo que encerrarme en mi cuarto a martirizarme sea la mejor opción. Arrastro los pies por los pasillos, vestido de calle, sin un rumbo fijo. Cuando me quiero dar cuenta, estoy otra vez en la sala donde está la máquina de comida, donde en un asiento se encuentra precisamente la mujer que me dejó el dinero. Sonrío al menos a vez a alguien conocido y le pregunto si le importa que me siente a su lado. Esta vez la mujer me sonríe y me dice que sin problema. Al ponerme a su lado, observo que ya se está recuperando de los moratones y tiene la cara mejor que hace unos días.

– Le debo dinero. Traigo la cartera esta vez así que pida lo que quiera.

Es agradable ver que vuelvo a conseguir hacer sonreír a alguien.

– No se preocupe, no hace falta gracias. Y usted, ¿por qué está aquí? Es la segunda vez que le veo.

– En realidad también estoy ingresado aquí, lo que ocurre que me gusta pasear de noche vestido de normal.

– ¿Y qué le ocurre? ¿Por qué está ingresado?

– Supongo que por mala suerte.

– Ya… supongo que yo también. – La mujer mira hacia el suelo con una expresión sombría – Al menos yo he tenido suerte. Por lo que he podido ver por aquí estos días, otras no pueden salir adelante como yo.

Nos quedamos un rato en silencio, sin decir nada, sentados uno al lado del otro. Tampoco creo necesario decir nada más, así que al rato me despido diciéndole que le debo una chocolatina y que se cuide mucho. De corazón.

Me despierto a la mañana siguiente con ajetreo en el cuarto. Mi médico y enfermera principales están en el cuarto, acompañados de mis padres y mi hermana, y todos sonríen y parecen pletóricos. Hablan todos a la vez y no consigo enterarme bien, hasta que ya por fin mi médico pone orden y calmado me da la noticia. Que un grupo de investigadores formado por especialistas de diferentes nacionalidades y financiado por varios gobiernos entre ellos el español ha conseguido encontrar la cura del coronavirus. Y que por ser el primer paciente español diagnosticado de coronavirus soy un afortunado y seré de los primeros en recibir el tratamiento. No puedo evitar emocionarme con las palabras que oigo, y mientras se me escapa una lágrima de felicidad y me río con mi familia, pienso en lo bien que está ser el centro de atención y que pongan el foco en ti. Juanito y la mujer de los moratones poco a poco empiezan a borrarse de mi mente, de donde acabarán por borrarse del todo como del resto de la gente.

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