Relatos

Tarea 1: Ensayo dinámico

Muy pero que muy buenos días!!!

Cumplir 30 años puede tener muchos inconvenientes, aunque yo de momento sólo le veo ventajas: me veo con incluso más energía que con 20 y con más independencia y dinero, puedo entrar en todas las discotecas sin que me pidan el carnet, y lo celebras por todo lo alto como si ya no fueras a cumplir otro decenio (que por otra parte a mi ritmo, quién sabe).

En mi caso tuve la suerte de entrar en la treintena en la mejor Feria de Sevilla que he tenido, y por si fuera poca celebración, decidí hacer una segunda en Madrid con aquellos que no pudieron estar en Sevilla (y con otros que repitieron, tan agonías como yo). Se ve que mis amigos tienen la suerte o la desgracia (que cada uno juzgue como quiera) de conocerme bastante bien. E incluso algunos aventurados se atreven a leer mi blog de vez en cuando. Se ve que en esa lectura han debido de apreciar cierta falta de calidad literaria, porque uno de los regalos que me hicieron fue, ni más ni menos, que un curso de escritura, que básicamente es como cuando regalas una sesión de gimnasio a alguien (te quiero, pero estás gord@) en versión culta.

De todos los cursos disponibles que había me inscribí en uno titulado “Pensar tu novela”. Y como no he tenido tiempo desde Londres de ponerme a hacer otra cosa (aparte de salvar mi querida empresa CUANDO OTROS ESTÁN DE CELEBRACIONES MULTITUDINARIAS EN MADRID), creo que no es mala idea compartir el primer ejercicio práctico, consistente en redactar un ensayo sobre un tema aleatorio en unas 1000 palabras, que en mi caso bien podría titularse “Ensayo sobre la felicidad”.

***

Hace años me senté con mi tutor de la asignatura de Practicum de Derecho y, de cara a darme una orientación sobre dónde hacer las prácticas, me preguntó que qué quería ser en la vida. Recuerdo que comencé a contarle de todo: que si no lo tenía muy claro, pero que me veía en un puesto de una empresa que me permitiera viajar, con tareas que no fueran muy monótonas, trabajando con gente de diferentes culturas e idiomas, gestionando proyectos y personas, pero siempre en una empresa con valores que me permitiera pensar que estaba haciendo algo bueno por la sociedad…el profesor escuchaba atentamente mi monólogo y dejó que terminase todo lo que se me pasaba por la cabeza. Cuando concluí, se quedó callado un momento, se acercó levemente a mí, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

– Santi, te he preguntado qué quieres ser en la vida… ¿es que no quieres ser feliz?

Siempre he dicho que mi asignatura favorita del bachillerato fue “Historia de la Filosofía”. Han pasado unos 13 años desde que la tuve en el instituto, y curiosamente hoy, veo reflejado en Merlí (personaje de ficción de una serie catalana de la que me considero bastante fan) muchos rasgos del profesor que en su día me impartió la asignatura. Lo que más me gustaba, a mí y a todos los alumnos del curso, era que las clases no consistían en un relato monopolizado por el docente donde los alumnos se limitan a tomar nota y, puntualmente, levantar la mano para resolver alguna duda. Por el contrario, aquel profesor nos incitaba a debatir abiertamente sobre las ideas de los autores filosóficos que tocaran en cada ocasión.

Como decía, han pasado ya unos cuantos de años desde aquello: terminó el curso (del que orgullosamente puedo decir que saqué matrícula de honor), entré en la Universidad pudiendo por fortuna elegir aquello que me gustaba, y años más tarde tuve la suerte de empezar a trabajar como becario en una empresa que me gustaba y sin tener que emigrar como muchos compañeros y amigos de mi generación. Sin embargo, a pesar de todo el tiempo que ha transcurrido desde entonces y todos los vaivenes que ha dado mi vida, aún hoy en día recuerdo con especial cariño las clases de filosofía que recibí de septiembre de 2006 a mayo o junio de 2007.

Aquella asignatura me marcó, no tengo ninguna duda, y una de las cuestiones por lo que lo hizo fue por descubrir un hilo transversal que comparten autores desde la antigua Grecia a nuestro presente. El que conozca el significado etimológico de la palabra “filosofía” podría pensar que estoy hablando de la búsqueda de la verdad. Aunque es cierto que todos los filósofos divagan sobre ello, no obstante hay un tema que siempre me ha atraído mucho más y del que todos parecen compartir una especial predilección, que no es más que simple y llanamente la búsqueda de la felicidad.

“El hombre que hace que todo lo que lleve a la felicidad dependa de él mismo, ya no de los demás, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz”. Todos conocemos el mito de la caverna de Platón, pero seguramente mucha menos gente conozca esta frase de uno de los más grandes filósofos de la Historia. El autor griego no sólo se dedicó en su obra a describir cómo concebía él la realidad en la que vivimos, siendo ésta una ficción creada por unos seres que pretenden tenernos esclavizados y que ponen ante nuestros ojos sombras, hasta que alguien cierto día nos libere de las cadenas, nos haga salir a la realidad y podamos ver la auténtica luz del sol y no la proyectada por un fuego dentro de una caverna. Más allá de ello, Platón, como muchos de sus predecesores y los que vinieron después, dedicó parte de sus escritos a reflexionar sobre qué es la felicidad y cómo podemos ser felices.

Cuando se habla de filosofía, siempre se dice que las tres grandes cuestiones que se suscita la Humanidad es quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos. A día de hoy, sin perjuicio de que la ciencia y la religión intenten dar respuestas a estas preguntas y, en base a nuestras creencias, podamos considerar que estén o no resueltas, parece ser que aún están sin responder todas ellas, al menos según el juicio de quien suscribe estas líneas. Lo curioso es que más de dos mil años después de que los primeros autores de gran calado filosófico se preguntaran lo mismo que se preguntó Platón acerca de la felicidad y cómo se obtiene, éstas, para bien o para mal, son cuestiones que siguen generando debate y que mucho me temo no vamos a conseguir darle una única respuesta.

Cuántas veces no habremos oído “la ignorancia da la felicidad”. O “la felicidad está en las pequeñas cosas”. O cuantas veces no habremos pasado por un parque, visto un grupo de pequeños jugando y riendo, y hayamos soltado la frase “los niños son los seres más felices”. ¿Acaso tener sabiduría y conocimientos nos hace infelices? ¿Es que una vida llena de éxitos y reconocimiento, donde hayamos alcanzado grandes logros e impactado la vida de mucha gente, no da también la felicidad sin tener que ir a los detalles? ¿Puede ser que el transcurso del tiempo y el pasar de la niñez a la madurez adulta nos hagan ser menos felices?

Esto no es un ensayo que pretenda dar respuesta a ninguna pregunta, y parece que voy a dejarlas todas sin resolver como al final de “El sentido de la vida” de los Monty Pithon’s. Aunque sí tengo clara una cosa. Al final de mis días me gustaría echar la vista atrás e, independientemente de lo que me haya ocurrido en lo personal, profesional o sentimental, poder decir: he sido muy feliz, sea lo que sea que signifique. Todo lo demás, bienvenido sea.

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