Relatos

Las (des)ganas de vivir

Muy pero que muy buenos días, cuentacuentos!!!

Siempre han dicho que en la mayoría de casos, los hijos se parecen a sus padres. Durante mucho tiempo, mediante investigaciones, teorías filosóficas o religiosas, se ha intentado dar una razón, científica o pseudo-científica, al por qué de este hecho. La genética parece que va ganando la partida. No sabría sacaros ahora mismo un porcentaje de cuántos hijos tienen un parecido físico, temperamental o en la forma de ser con sus progenitores, aunque podría inventármelo. Venga, pongamos que un 74% de los hijos tienen algún parecido físico y/o psicológico con alguno de sus progenitores de sangre.

Dicho esto, creo poder decir que formo parte de ese 74%. A mi madre me parezco en la nariz y en los ojos, además de que creo que cuando me cabreo (pocas veces eso sí), lo de guardar las formas y mantener el control zen que me caracteriza se difumina. Sin olvidar la hipocondría típica de mi familia Vázquez, que me persigue cada vez que me sale un bulto detrás de las orejas o me despierto con espontáneos y repetidos ataques de corazón en mitad de la noche que amenazan con desterrarme de este mundo cada dos por tres y que, por suerte de momento, se quedan en simples taquicardias (que ni eso).

Y a mi padre me parezco en muchas cosas. No tanto en lo físico (papá preocúpate), sino en la forma de ser y en los gustos. Pero sobre todo, en el gusto por escribir. Aunque negaré haberlo reconocido, él escribe mejor que yo, entre otras cosas porque tiene más tiempo, tanto en la vida como libre. Ese tiempo es el que pido que me deis, para ver si alumno supera al maestro.

Los que me conocen un poco más saben que llevo desde que tengo uso de razón escribiendo historias: fantasías en la niñez, aventuras en la adolescencia, y comedias y gilipolleces varias ahora que ya supuestamente soy un adulto. De vez en cuando tengo algún ramalazo político, o me da por hacer amagos de reflexiones de la vida, sociales y filosóficas. En resumen: que voy a peor con el paso de los años.

Pero he de confesar que, aunque desde pequeño llevo queriendo ser escritor de novelas, hace ya un tiempo que me gustaría plagiarle a mi padre una cosa que él a su vez hace en su blog: escribir micro-relatos. Historias cortas que se me ocurran al azar y por cualquier motivo aleatorio y con las que pueda responder, con un poco de orgullo y ante la pregunta de un amigo, un “no sé, me dio por ahí”.

Y aquí me hallo, con muchas ganas de poder responderos exactamente con esas palabras.

 

******

 

Es jueves y, como viene siendo habitual en las últimas semanas, sale tarde del trabajo. Entre reunión y reunión ya no recuerda cuándo fue la última vez que vio la luz del sol caminando por la calle entre semana. La jornada de invierno, con los cambios de hora, lo ha empeorado. Tampoco recuerda cuándo fue la última vez que pisó el gimnasio. Bueno sí, el otro día consiguió ir antes de que cerrara para comentarle a la monitora que le habían cobrado por partida doble, que la cosa tampoco está para ir tirando el dinero.

El último autobús de la empresa que le dejaría al lado de casa lo perdió hace ya unas horas. Mientras enchufa los cascos al móvil y a sus orejas, intenta hacer cálculos de cuánto tiempo de más de una jornada “normal” ha echado hoy. O lo que es peor, cuánto tiempo de más lleva acumulado en las últimas semanas. Prefiere ni pensarlo, como prefiere ni pensar en todo lo que podría estar ahorrando para el futuro si le pagaran la mitad de la mitad de las horas extras que hace.

El camino al metro no es muy largo, apenas 10 minutos andando, en los cuales agradece la soledad y semi-oscuridad del paseo. Escuchar la música de la radio le relaja, y el no cruzarse con prácticamente nadie le ayuda a concentrarse en los sonidos que transfieren las ondas y en el cielo estrellado de la noche ya cerrada. El frío arrecia, pero eso no le impide sacar las manos de los bolsillos en el trayecto al metro para abrir whatsapp y grabarle un mensaje de voz a un buen amigo con quien va a quedar el fin de semana, y ya de paso, soltar algún improperio verbal por el día que ha tenido y las horas de volver a casa que son esas.

Cuando llega al metro empieza a entrar en calor, y como ya se sabe lo que va a ocurrir, va bajando las escaleras mecánicas mientras cambia la radio por una de las pocas listas descargadas que tiene en Spotify: Pucho y su banda le ambientan la entrada en el vagón. Por un lado piensa en lo bueno que sería que hicieran llegar la señal de internet móvil a los tramos de la línea 10 que le llevan a casa. Por otro, que aunque lo hicieran, seguiría tirando de esa lista que puede escuchar sin estar conectado. Es un camino conocido, con una música conocida y que le trae muy buenos recuerdos, así que de momento no tiene intención de cambiar esa tradición.

Reflexionando en las letras de Vetusta Morla y en cómo sólo un monje tibetano puesto hasta arriba de eme sería capaz de entenderlas, se pone a observar a su alrededor. Lo suele hacer normalmente, pero hoy se da cuenta de que lo está haciendo con más ahínco. Está buscando algo, y no sabe el qué. En la bancada de enfrente, hacia su izquierda, hay una mujer, de unos 50 años, sentada sola. La mira a la cara y entonces se da cuenta. Estaba buscando caras. Expresiones.

Desde que se mudó a Madrid había empezado a percatarse de cosas que hacían de diferente a una ciudad grande como Madrid de una gran ciudad como Sevilla. Y una de ellas es el rictus de la gente. Lo había pensado muchas veces, pero en el caso del metro le llamaba especialmente la atención. Bastaba bajar a esos túneles kilométricos y entrecruzados, y dejaba de ver la luz del sol y las sonrisas de las personas. Todo lo que se encontraba eran rostros taciturnos, serios, la mayoría solos y en silencio, tristes y con miradas al vacío. Era un espectáculo ver a su alrededor esa pesadumbre, incrementada en las horas tardías de salir del trabajo como la de ese día, donde muchos de los que iban en el metro seguramente volviesen como él de trabajar. Le daba la sensación de que las desganas de vivir se podían casi palpar.

Mientras la reflexión en su cabeza se aviva con los sones de “Otro día en el mundo”, su mirada sigue recorriendo el espacio que le rodea. Encuentra a otra persona, esta vez un chaval algo más joven que él. Le mira a la cara. Nada. Ni un ápice de felicidad, al menos que se le distinga. Sigue mirando a un lado y a otro sin resultado. Hasta que mira al frente…y por fin la encuentra.

Una sonrisa. Un gesto simple y sincero que expresa felicidad. Algo tan sencillo como una comisura de labios elevada hacia arriba y unos ojos que no mienten, no están falseando lo que dice el resto de su cara: está sonriendo y está feliz. Tarda menos de un segundo en darse cuenta que se trata de su propia cara reflejada en el cristal de enfrente. Sin quererlo su sonrisa se amplía. ¿Desde cuándo estaba sonriendo? Había tenido un día de trabajo infernal, había cerrado a las 11 de la noche la oficina, y estaba volviendo a casa en metro después de pasar un frío que pela y seguramente nadie se lo iba a reconocer ni iban a aumentarle el sueldo por ello. Su cara tenía que ser casualidad y seguramente se había comenzado a reír de algo que se le había pasado por la cabeza antes de girarse hacia su propio yo en el espejo. Rebobina mentalmente y cae en la cuenta. Reproduce el mismo audio que ha grabado hace unos minutos a su amigo por la calle. Recordaba haber lanzado todo tipo de insultos y maldades, y así lo comprueba…pero para su sorpresa, el tono de voz que se escucha es de alegría. Literalmente se estaba descojonando relatándole a su amigo todo lo que le había pasado en el día, las cervezas que se iba a tomar por la noche y que había tenido que anular, y lo que era aún peor, el tiempo que aún le quedaba trabajando en casa hasta a saber qué hora.

Asumido que se le ha ido definitivamente la cabeza, o que podría ser oficialmente declarado un adicto al trabajo que disfruta con jornadas de 15 horas en la oficina, continua su rastreo del tren. Esta vez, y sin que se le borre la sonrisa, intenta pensar en todas las circunstancias posibles que pueden llevar a las personas que le rodean a llevar esa pesadumbre sobre los hombros que les hace contagiar un áurea de infelicidad y tristeza. ¿Qué podrían tener esas personas en su vida que les hacía ser peor que la suya? A lo mejor la mujer de enfrente también vuelve de trabajar, con la diferencia de que cobra la mitad que él, tiene una hipoteca que pagar y dos hijos con un futuro incierto esperándola en casa a los que no ha visto en todo el día. Igual el chaval del otro lado viene de casa la novia que le acaba de dejar y su mayor preocupación no es esa, sino qué buscador de trabajo usará a la mañana siguiente después de meses sin encontrar nada. La pareja que vislumbra casi al fondo puede que vengan del hospital, seguramente de visitar a algún familiar cercano que vive malos momentos.

Todo lo anterior son suposiciones, claro está. Lo único que sabe con certeza es que él está sonriendo, y ellos no. Durante unos segundos se le pasa por la cabeza la idea de que igual está siendo un arrogante al mirarles sonriendo mientras esas personas puede que estén pasando realmente malos momentos comparados con el suyo. Quién es él para quejarse. Tiene trabajo, salud, familia, amigos, vida social, personas que le quieren. De repente lo veía todo mucho más claro: en su caso, era imposible no sonreír. Le parecía un acto de puro egoísmo el que se le hubiera pasado unos segundos por la cabeza la idea de que un día (o semanas o meses) de duro trabajo fueran motivo suficiente para quitarle la alegría. Casi instintivamente, comienza a desdibujar la sonrisa de su cara por miedo a que alguno del metro le incrimine, y quizá con razón, “eh tú, deja de restregarnos tu asquerosa felicidad por la cara”.

Pero rápidamente retira esa imagen de su mente y decide forzarse a sonreír aún más fuerte si cabe. No es que él sea un cínico que se vuelve más feliz ante la infelicidad ajena, ni que quiera alardear de lo bien que le va en la vida en comparación al resto. De repente vislumbra un propósito, al menos durante lo que dure ese trayecto de metro y los próximos en los que se acuerde. Tiene que sonreír. Sonreír para intentar compartir sus ganas de vivir a quien tiene desganas de vivir. Sonreírle a la mujer que gana cuatro perras y llega a duras penas a fin de mes, al chaval con carrera universitaria que no encuentra trabajo de lo suyo, a la pareja con familia en el hospital, y a cualquiera que se le ponga por delante que tenga desganas de vivir. A él no le van a contagiar, y tiene que luchar porque nada ni nadie le borre la sonrisa de la cara. Una pequeña victoria que sólo él verá, pero que la hará suya y la guardará con cariño, como aquellas medallas que nunca ganó de pequeño en el colegio. Sólo así, cuando en el futuro sea él quien no sonría, a lo mejor viene otro tonto que le pegue la tontería.

P.D: ésta es una historia real de un día cualquiera de una persona cualquiera.

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2 comentarios sobre “Las (des)ganas de vivir

  1. No seas tan humilde, Santiago. No sé de donde sacas eso de que yo escribo mejor que tú. Sólo hace falta comparar un poco lo que ambos escribimos para ver que me ganas por goleada. Recomiendo a todos aquellos que no lo hayan hecho que lean, por ejemplo, lo que escribías cuando estabas en Siena y se darán cuenta de que tengo razón. Pero es que eso no me molesta, al contrario, me llena de orgullo y satisfacción (Juan Carlos dixit) como le ocurre a cualquier padre.
    Como sé que te gusta Vetusta Morla, supongo que sabrás de dónde viene su nombre y que habrás leído La historia interminable, de Michael Ende, que tenemos en casa. Si no lo has hecho, procura hacerlo estas vacaciones. Es un excelente maestro para ser un buen escritor.
    Y la próxima vez que te encuentres con esas caras en el metro, acuérdate de este vídeo:

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    1. Jejeje ¡gracias padre! Sí que me he leído el libro y sí que sabía de dónde venía. Lo que quiero que me expliquen ellos algunas de sus letras de dónde vienen. A ver si les pillo algún día por banda y me lo cuentan.

      ¡Gracias por los elogios y nos vemos en una semana!

      Le gusta a 1 persona

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