Verano 2016·Viajes

Samara’s Tour (5)

Muy pero que muy buenas noches!!!

Llega el día en que toca abandonar Coruña otro año más, y ya van…unos cuantos. Siempre me entra esa morriña característica del que sabe que no va a pisar el mismo suelo en al menos un año y si la dicha es buena, y bastante propia de la agonía de unas vacaciones que lentamente pero sin pausa van cayendo días y llegando a su fin. Pero como me queda una semana aún, tampoco hay que ser dramáticos.

La cosa fue bastante improvisada y reservé mi hostal en Cáceres la noche de antes, pero hasta llegar a Cáceres tuve que dar un paseo en coche antes. Mi abuela no falta a la tradición y se despide de mí lagrimita en ristre y en la calle, moviendo la mano hasta que el coche no desaparece por una esquina. No sé qué hará después, pero estoy prácticamente convencido de que la pobriña se queda allí parada unos segundos, aunque llueva, confiando en que los que nos vamos acabaremos con la macabra broma y daremos marcha atrás diciendo “es bromaaa”. Ya me gustaría a mí tener todas las vacaciones del mundo mundial para quedarme semanas y meses allí, pero un festival y ciudades que no conozco me esperan y el tiempo apremia.

Saliendo a las 9 de Coruña, a las 10 estoy aparcando en Lugo, nada más y nada menos que al lado de su famosa Muralla Romana. Qué jodíos estos romanos que ya en el Siglo III fueron capaces de construir tal monstruosidad (en el buen sentido de la palabra). De más de 2 kilómetros de longitud y entre 4 y 7 metros de ancho según el tramo, la Muralla rodea el casco histórico de Lugo, un casco histórico pequeñito pero mú apañao. En dos horas en la ciudad me da tiempo a pasear por las calles del centro, entrar en la Catedral, sentarme a desayunar y pasear por la parte alta de más de la mitad de la Muralla, junto a otros caminantes y corredores.

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Le piso a fondo porque son las 12 y yo tengo que llegar a almorzar a Castilla. Y sobrao, oiga. Algo más tarde de las 2 ya he aparcado en pleno centro de Zamora, y como buen sibarita que soy, tardo muy poco en encontrar un sitio recomendado por Tripadvisor que me pilla a 100 metros. Sin ir más lejos es el número 2 de la ciudad por la aplicación, y de cutre no tiene nada de pinta, todo lo contrario. La Oronja es un club privado con, eso sí, algunos espacios para no socios. Aunque la descripción recomienda encarecidamente reservar con antelación al ser de los sitios más solicitados de la ciudad, como cuando entro pido mesa para 1 (qué triste…), la camarera se apiada de mí y me habilita una mesa. Llega la hora de la verdad al llegarme la carta: ¿deberé huir con el rabo entre las piernas? ¿Tendré toda la potra y encima será barato? ¿O con la cabeza alta decidiré quedarme a pesar de los 100 euros la cerveza e hipotecándome la vida saldré de allí pero habiendo pagado al menos? Pues ni una cosa ni la otra, quedo comido y bebido (café y postre incluido) por 20 euros. Pero no comido y bebido de cualquier manera, NO. A LO CASTELLANO. Vamos, que me pedí un menú degustación que me tuve que tirar 3 horas pateándome Zamora o no había Dios que cogiera el Samara. Y eso que decidí no beberme entera la botella de vino que me habían dejado para que si me daba la gana lo hiciera. Y si no lo hice no fue por lo de coger el coche después, ojo, sino más bien porque lo de ir solo a comer, pase, pero solo y borracho ya es el siguiente nivel de patético.

Llamadme inculto pero no esperaba gran cosa de Zamora, y sin embargo salí encantado. Me pareció una ciudad con mucho encanto, con mucha Iglesia como a mí me gusta (más de 20 románicas, sin ir más lejos), que tengo que seguir poniendo sellos para conseguir que me den la Catedral, muy limpia y bien restaurada. Además, el río le da su toque y a pesar de la ingesta y la hora, conseguí no morirme de calor. Cierta persona a ver si se porta y me invita a la Semana Santa de aquí, que dicen que no está mal. Además por los carteles que vi y las señales que guiaban al Museo de la Semana Santa, tiene pinta que algo en serio se la toman.

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Con un Red-Bull a mano para no estrellarme por la carretera (las 3 horas de paseo son insuficientes para bajar la somnolencia post-comilona), me planto en Cáceres. El hostal…bueno mira, para una noche da el pego, tampoco vamos a ponernos sibaritas. Lo primero que hago al llegar a la Plaza Mayor de Cáceres no es ni una foto ni admirar el precioso panorama que ofrece por cada costado…no, lo primero es sentarme a tomar una cerveza.

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Y ahora sí, con mi “mesa para 1” conseguida, hago el resto. La Plaza, sólo por el Arco de la Estrella que tiene en uno de sus laterales, merece la pena. Además, me parece curioso para ser una noche de julio en la que podría no haber ni el tato por aquí, me cuesta hasta encontrar esa mesa para 1. Concierto en directo incluido (músico callejero aunque de nivel, con su guitarra con amplificador y todo), termino de picar y subo al casco viejo atravesando el Arco de la Estrella. Noto cierto pinchazo en la columna, un escalofrío me recorre la espalda y empiezo a ver flashes de imágenes pasadas: calles medievales sin acera, desiertas e iluminadas por una luz tenue que le da un aspecto de cuento caballeresco. Sonido de italianos charlando vivamente. Caballos corriendo en una plaza inclinada…me habían comentado que las calles del centro de Cáceres me iban a recordar mucho a las calles del centro de Siena, y vaya que si me recuerdan. Antes de que me entre la bajona máxima, y con la imagen de un pavo real encaramado a un muro alto que se pasea como si nadie le observara, me vuelvo al hostal a añorar mi año Erasmus.

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La mañana del martes me despierto temprano y aprovecho para visitar el resto de la ciudad antes de que apriete el calor. Sigo las recomendaciones de la chica de Información Turística y visito la Iglesia Concatedral de Santa María y su Campanario, aunque me valga dinero (con la Iglesia hemos topado). Tras admirar al Cristo Negro, tengo un momento zen en el Jardín de Ulloa y, como no me puedo resistir, aunque sea pagando (de nuevo), entro en la Iglesia de San Francisco Javier, donde no me pierdo el subir a sus dos torres, que son el punto más alto de la ciudad y que tienen unas vistas fantásticas. Lo que viene después es un paseo por las calles del centro, Plaza de las Veletas, el Parador de Cáceres y el Barrio de la Judería. Estaré comiendo como un cerdo, pero ando más que un borracho perdío en la Feria.

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Aunque para comer y para caminar, lo que me esperaba en Mérida. En Mérida hace tal calor que nada más llegar y sacarme el abono de visitas a los principales monumentos romanos, me siento en una terraza a la sombra y con aspersores de agua a comer. Leo que hay un surtido de tapas típicas de la región por el mismo precio que los platos principales, así que me digo “vamos a probar variado”. ERROR. El plato del demonio trae 9 tapas con sus correspondientes panes y era una oferta para una familia numerosa de obesos mórbidos. ¡Vamos! Hay un grupo de colegas tomando cañas sentados al lado de mí que flipan cuando me colocan tal monstruosidad por delante y ven que estoy solo.

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Ay mare mía que tardecita más mala por Mérida…un calor…un reflujo…un sopor…y la opción de haber dejado sobras no existía porque claro, maldita sea la cultura occidental de dejar comida en el plato y que tu madre te dijera “PUES LOS NIÑOS DE ÁFRICA…”. Madres del mundo, enteraos de una vez: ningún niño de África vendría a Mérida a comerse las sobras que yo hubiera dejado. En su país hace menos calor. El Anfiteatro, el Teatro, la Casa Mitreo, los Columbarios, la Alcazaba, el Puente Romano, el Centro de Vía de la Plata, el Arco de Trajano, el Templo de Diana, la Parroquia de Santa Eulalia y el Circo…yo no sé en qué momento decidí que quería fustigarme de tal manera. Que sí, que es cultura y que ya que estaba había que verlo, pero que me hubiera ido a mi coche a poner el aire a dormirme allí la siesta del siglo. Que al fin y al cabo son 4 piedras mal puestas a lo ancho de la ciudad (matadme historiadores).

8 bajadas de tensión y vahídos después, decido que quedarme en Sevilla no es una opción: vámonos a Rota que pega dormir fresquito.

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