Verano 2016·Viajes

Samara’s Tour (4)

Muy pero que muy buenas tardes!!!

Cuando era pequeño (más pequeño, quiero decir, que estoy en la flor de la vida), me daba por decir que yo en realidad era gallego. No sé bien si era una cuestión de que me sentía muy apegado a la tierra de mi padre, o que ya entonces sabía que lo exótico (ser gallego en Sevilla es exótico parece ser) mola, y que tendría posibilidades de ligar más. Ligar no ligué una mierda con esa historia, así que quedémonos con la primera opción.

Desde que tengo uso de razón, todos los veranos mi familia y yo siempre hemos subido a Galicia unas dos semanillas en verano. Allí tenemos familia, buenos amigos y buena gastronomía. Lo del buen tiempo es ya otra cosa, y lo de la buena tierra sobra decirlo. Da igual que todos los años sea más o menos lo mismo. No me canso de ver a mi abuela con casi 90 años que está inagotable y viviendo sola. Ni a mi tío Rafael, que cada vez se me parece más a mi padre con la edad, y a mis primos Irene y Andrés que no paran de crecer.

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También tengo familia algo más lejana pero no por ello menos importante, y siempre es bueno volver a tomarse un café con Alex, Enrique, Esther y Miguel. Y tengo otra familia, no directa, pero familia, a los que llamaba titos de pequeño y con gusto lo seguiría haciendo: José Antonio y Maru, José Enrique, Victoria y Adriana (que por fin conozco al novio). Juan y Pilar, César, Ana…y algunos más que se me olvidan seguro.

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De amigos no quiero quedar de sobrao, pero no ando escaso precisamente. Emma, Olaya, Marta, Pris, Elena, María, Lucía, Sarita, Silvia, Adriana, la otra Sara…vaya, ¿todo mujeres? Qué mal me muevo, y eso que me habré dejado a much@s en el tintero. Luego todos los años, sobre todo gracias a Emma, termino conociendo a nueva gente, como Domingo, chaval al que no se le ocurre otra cosa que invitarnos a un reservado de una de las terrazas de moda del verano. Pero no invitarnos en plan “podéis pasar”. No no, invitarnos a beber, de me saco el miembro y aquí en mi zona reservada bebéis lo que os dé la gana. ¿Era su cumpleaños, su Santo, su despedida de soltero, le había tocado la Lotería? Qué va, es que en el norte hay gente de taco gordo y además, buena gente.

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Lo de conocer gente nueva se une a conocer sitios nuevos. Como la Sala Pelícano, donde entramos tras la barra libre patrocinada por Domin. He de decir que es de las discotecas más espectaculares que he estado nunca (y no, no he estado en muchas a pesar de lo que pueda parecer). A mí no me preguntéis por qué, pero se ve que en las discotecas es importante la imagen y las luces, y ciertamente pretenden que me fije en eso tal y como llego al sitio. Pero bueno sí, tenían razón, eran increíbles.

Sala Pelícano

Los sitios nuevos como éste están muy bien, pero no nos engañemos. Yo a Coruña voy a lo que voy: a jartarme. De comer y beber, ojo (de lo otro ni con acento del sur en pleno norte, vaya ruina). No puede faltar un año en que yo pise La Bombilla de la zona de Vinos, y me coma un croquetón, un filete o unos calamares. Ya sea en la calle o en casa, es de imperiosa necesidad abusar del pulpo a feira, del queso de tetilla, de los chicharrones y del caldo gallego. Luego vendrán el raxo y la zorza, por no hablar de la empanada y las patatas Bonilla. No concibo que me pongan el Ribeiro en otro recipiente que no sea una cunca, y se debería becar a los bares que sigan manteniendo esa tradición. Me encanta ir a L’Otro a comer unos tequeños aunque sean sudamericanos, o ir al casco viejo a tomarme unos machacaos al Paleto, o al Patio a hartarme de cubatas baratos y encontrarme como en casa. Y por supuesto, indispensable todos los días, que no falte la Estrella.

Yo soy del sur y mi Cruzcampo que no me la toquen…pero he de reconocer que la Estrella de Galicia es…ufff. Y ya si te la tomas en el sitio original, es decir, en La Cervecería la Estrella de Cuatro Caminos, entonces apaga y vámonos. Da igual que comas o no comas: vas a llegar alllí, te vas a beber un mínimo de 3 o 4, y vas a salir dando tumbos. Este año, por fin y ya con 27 tacazos, puedo decir que me han echado de la Cervecería. No por borracho (aunque podrían), sino porque aquello cerraba. Obviamente no cumplí tal gesta solo.

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Aquí el amigo Pelayo (como buen asturiano) se acerca el sábado a Coruña desde su tierra a echar el día conmigo. A Pel le conozco (por desgracia me temo) desde Pavía. Habíamos inmolado ya unos cuantos de lugares, pero nos quedaba Coruña. Me recoge en coche y tras conocer a mi abuela y quedarse prendado, me lleva a la playa de Santa Cristina. (Inciso: decir que no fue ni mucho menos el único día que fui a la playa, que hizo toda la semana bueno y bajé varios días…aunque en las fotos no se aprecia bien mi tez morena). Con baño incluido, cosa rarísima en esta zona de España porque el agua está helada. Pelayo me propone reservar en un restaurante a pie de playa, y acierta que te cagas. El sitio es especialista en poner carne a la brasa que te haces tú mismo. Te traen una especie de barreño con carbón, una bandeja con la carne cruda, y ea, a reventar, perros. Y así hacemos, pero disfrutando como auténticos animales.

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Tras aprovechar también la siesta en la playa, toca ducharse y prepararse para la noche. A mí me da igual lo que ocurra más allá de la hora de cierre de La Cervecería. El objetivo de la noche ya sabemos cuál es. Y lo conseguimos. Como hay que pagar cada ronda cada vez que se pide, perdemos la cuenta de las cervezas que pedimos y así a lo tonto claro, de repente apagan las luces y nos quedamos con ganas de…al menos un par más. Un par más que terminan siendo 4 más por cabeza en el bar de al lado. Que se unen a algún cubatilla en una terraza de La Marina. Que se suman a algún que otro cubata en la Sala Pelícano de nuevo…ahora entiendo lo de volver agarrados Pelayo y yo. Todo encaja.

Coruña, no me canso de tu Plaza de María Pita y tu Torre de Hércules, de tus playas de Orzán y Riazor en forma de concha, comenzando en el Estadio del Dépor (o el Millenium, según) y terminando más allá del Museo del Hombre. Tu Paseo de la Marina, tu casco viejo, tu calle Barcelona y una Ronda de Outeiro interminable, tus viejos cines Chaplin donde mi padre hace muchos años prefirió que yo viera Manolito Gafotas a Matrix. Tus cientos, miles de bares y restaurantes con tu maravillosa comida y bebida. No me canso de tus conciertos gratis en verano, como el de Hombres G de este año en el Marineda City, ni de tus casetas regionales. No me canso de tu acento, ni de la gente tan risueña que, a pesar del tiempo, tan bien lo entona. Tu entorno, todo Galicia, bien merece esa palabra que todos los años suena en mi cabeza con alegría cuando llego, y con tristeza me dice “hasta pronto” cuando me voy, que no es otra que morriña.

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