Verano 2016·Viajes

Samara’s Tour (1)

Muy pero que muy buenos días!!!

Pasadas mis cortas pero intensas vacaciones, vuelvo a daros el coñazo con un reto:

1)    Narrar estas vacaciones en EL MENOR NÚMERO DE ENTRADAS POSIBLES y sin que tenga el Récord Guinness de ser el viaje más largo de la jodida Historia; y

2)    Daros cantidad inmensa de envidia malsana y que os entren ganas de desollarme vivo.

No quiero que mi blog se convierta en un blog de viajes más que nada porque para eso habría que viajar muy a menudo y para eso habría que tener mucho dinero…y creo que hasta nuevo aviso de mi empresa la cosa está chunga. Pero me temo que esta entrada va a ser un poco así del estilo.

La planificación de mis vacaciones se dio un poco sobre la marcha debido a que no sabía qué vacaciones iba a tener hasta 2 semanas antes de irme aproximadamente. Sólo sabía que el 14 de julio comenzaba el Festival del AlRumbo en Costa Ballena para el que tenía entradas compradas junto con 2 amigos. Osea que allí tenía que estar al menos un día antes por aquello de reposar un poco y montar la tienda de campaña y tó la pesca. Lo que hiciera antes era cuestión de ponerse a ver a dónde ir y cómo. Samara y yo tuvimos una conversación y lo decidimos rápidamente: paradas en Portugal hasta Coruña, y bajar por la Ruta de la Plata hasta Rota. Y allá que fuimos:

LISBOA:

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Matadme si queréis por lo que voy a decir, pero teniendo Portugal a poco más de una hora en coche, nunca desde que tengo uso de razón había pernoctado en el país luso. Y menos mal que decidí hacerlo por fin, porque nuestros vecinos tienen unas ciudades acojonantes, unos precios bajísimos y un ambientazo curioso. Lo de las portuguesas con bigote es un mito…bueno, en algunos casos.

Llego a Lisboa pasando por Badajoz. Lleno el depósito en esta última porque me han dicho que la gasolina es más cara en Portugal y no se equivocan. El único acompañante que llevo en el Samara (ah sí, se me había olvidado, Samara es mi flamante Peugeot) es varias listas de reproducción del Spotify Premium y la voz sensual del GPS. Y lo dejo sólo en la voz, porque alguien debió arreglarme el cacharrito de ventosa que permite poner el teléfono en el salpicadero PERO LO HIZO MAL. Así que me tenía que fiar de cómo llegar al hotel de oídas.

Por suerte tras varias vueltas y millones de euros pagados en los peajes de Portugal, llego a mi destino y me sorprende gratamente que para lo poco que he pagado, el “V Dinastia Guesthouse” está bastante bien, y por pocos euros más tengo aparcamiento privado para el coche. Tras la ducha me voy a dar el que será el primero pero no el último paseo de bohemio. El hostal está muy cerca de la Plaza Marquês de Pombal, una rotonda enorme en una de las partes altas de la ciudad. Subo de allí hasta Mirador del Parque de Eduardo VII, que tiene, aparte de unas vistas chulísimas de la ciudad, una bandera gigante de Portugal que podría cubrir un maldito estadio de fútbol. Bajo por la Avenida de la Liberdade hasta llegar al centro. Lo más destacable de lo que veo son la Plaza de Restauradores y la Plaza de Rossio, con el Teatro Nacional y la Estación de Tren al lado.

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Los alrededores de la Plaza de Rossio están llenos de callecitas atestadas de bares y gente, todos con su respectiva televisión echando el Bélgica – Gales (sí, estaba todavía la Eurocopa, esa que ganaron los mamones estos sin hacer nada). Bajando por la Rua Augusta llego al Arco homónimo que da a la Plaza del Comercio. En la plaza han puesto una televisión gigante, barras y graderío para que la gente vea los partidos, y la verdad es que hay un ambientazo. Como la amiga portuguesa con la que he quedado para cenar aún no ha llegado al restaurante, decido pedirme no una, sino dos cervezas y quedarme viendo un rato el partido. Cuando veo que va a terminar y se va a formar una batalla campal entre galeses y belgas, decido ir hacia el Barrio Alto que es donde me ha convocado Cristina. 

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Lo de Barrio Alto no es casualidad: es que está alto. Y qué cuestas, su puta madre. Eso sí, me está encantando el rollito que se trae, con muchos bares, restaurantes, todo muy alternative y bohemio (como el paseo que me estoy dando de momento). Ya en el restaurante, Cristina me presenta a los amigos con los que está cenando, todos portugueses. Cristina es una amiga de Oporto que conocí en mi Erasmus de Siena, que es médico residente y que da la casualidad que está rotando en Lisboa. Igualito que en el Erasmus, la cena (que por cierto hay más platos españoles que portugueses) es una auténtica torre de Babel en que hablamos inglés, italiano, portugués y español.

Al terminar bajamos unas calles a una zona de bares más de copeteo. Allí se une mi amiga italiana Ilaria con otras amigas compatriotas y aquí ya sí: qué echaba de menos el italiano, joder. La fiesta allí acaba “pronto” (a las 3 o así), lo cual en parte me viene perfecto si mañana quiero levantarme temprano, ver el resto de Lisboa bien y conducir 3 horas hasta Oporto. Así que tras una charlita birra en mano fuera del bar poniéndonos al día donde vemos a un señor típico portugués colgando la ropa al lado nuestra, voy al hotel a dormir.

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P.D: La cerveza Sagres valía 1 euro en el pub de por la noche. Te amo Portugal

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