Pavia·Viajes

Comiendo nieve

“¡Haz cuña, Santi! ¡Haz cuñaaa! ¡HAZ CUÑAAAAA!”

Y plof. Nieve por todo el cuerpo. Me despierto de la pesadilla que he tenido en la que rememoraba el fin de semana pasado, y me digo a mí mismo “qué buen resumen de lo que fue el fin de semana esquiando”.

Jueves por la noche. Carvajal (recuerden ustedes, uno de mis compañeros de piso) tiene visita, y yo, viendo que no voy a estar en todo el fin de semana, como buen anfitrión decido salir un poco al Raise a tomar una fragolilla. Al fin y al cabo, nos han citado a las 6 de la mañana en la estación de tren de Pavía y ya que no ha salido la noche de empalme en Milán, podré acostarme temprano y dormir algunas horitas para descansar para la nieve. Jí Paco. Quien dice una fragola dice dos, y quien dice noche de tranquileo dice after en casa de Soraya y Cristina con chupitos de vodka melocotón y menta, y después el tiempo justo de ir a casa, coger la maleta y plantarme en la estación. Claro que sí, campeón, tú que nunca has esquiado te gusta el riesgo y vas de empalme a un viaje de muerte y destrucción.

La gente lleva esquís y tablas, así, unilateralmente, ya de serie. Tú los vas a alquilar y no has esquiado en tu puñetera vida, Santi, PERO LA GENTE LOS LLEVA COMPRADOS. Qué buena señal. ¿Recuerdas que venías ya con la sensación de que todo el mundo va a reírse de ti, pues eres el único que no ha estado nunca en la nieve? Pues ahora no sólo se confirma, sino que se duplica la expectativa. Intentas dormirte en el bus pero los bocinazos repetitivos del conductor te despiertan. Miras por la ventana y el autobús transita por al lado de un precipicio. Ni con 10 cafés te hubieras despertado tan de sopetón.

Pues ya estamos en Foppolo. El tiempo no es el mejor, pero hay luz suficiente para que vea lo que me espera bajar con los esquís, rodando o medianamente en equilibrio. Glub. Me toca una habitación con 3 mujeres. Tiembla, Santiago. Espero cola para coger el material que me va a tocar sufrir todo el fin de semana, y me apunto a una clase de iniciación de esquí. Me pongo las botas. Ostia tú, qué cosa más incómoda. No sé ni cómo carajo se anda con esto.

 Segundo paso, ponerme los esquís. Bueno, para ir en llano no se me está dando mal andar con estas cosas. Dos profesores nos hacen durante dos horas bajar una y otra vez la rampa final de la pista azul, puesto que no hay pista verde para principiantes. Entre que hay subir en paralelo una y otra vez lo cual cansa tela, que llevo camiseta interior, térmica, jersey de lana y chaquetón de nieve del Decathlon, calcetines térmicos, mallas, pantalones de nieve, gorro, braga y guantes, podría llenar una bañera con mi sudor. Y yo desde verano sin hacer ejercicio.

 Cuando al acabar la clase sin haber aprendido prácticamente nada mis amigas las expertas me dicen de subir con ellas en el telesilla a bajar la pista azul, se me hace un nudo en la garganta. Aria, la única sensata de las niñas, no lo ve nada claro al igual que yo, pero la maldita maña la convence y allí que me suben.

 Primera misión, bajar del telesilla con los esquís puestos sin caerme, FALLIDA.

 Segunda misión, intentar hacer cuña para frenar en rampa, fallida. Me caigo. Me levantan. Sigo un poco más. Me caigo. Me levantan. Cojo una cuesta más empinada. Cojo velocidad. Hago cuña. No freno ni de blas. Me tiro. Así media hora más. Como sólo he bajado la mitad de la pista azul y mis amigas no tienen más abdominales para reírse, Aria hace de alma caritativa y me lleva hasta abajo. Sí, ella delante y yo detrás.

 Primera subida al telesilla: DESASTRE. Toy más cansao que en el último capítulo de Kung Fu. Me duele todo. Tengo todo sudado. Y no he aprendido creo que nada. Mi motivación para la nieve es nula. Menos mal que de la hora del cierre de las pistas hasta la de la cena tenemos un par de horas de descanso. Nunca me había sentado tan bien una ducha caliente.

 La cena es en el hotel, donde Aria nos agrada la velada con anécdotas escatológicas muy propias para la ocasión. El botellón nos dicen de hacerlo todos juntos en el hall del hotel, los de Pavía y los de Milano. Conozco a mucha gente y nos invitan a participar en un juego de beber compitiendo. Qué majos, nos quieren emborrachar. La fiesta de después es en una discoteca cerca del hotel donde prácticamente estamos los 2 autobuses del viaje y alguna viejecilla del pueblo. Aria y Gros se han aliado en un complot malévolo de llenar a todo kiski de post it, y lo consiguen. Qué majicas.

 El sábado me levanto hecho peazos pero temprano para desayunar, hacerme los bocatas del almuerzo y con ganas de coger hoy el toro por los cuernos. Además, el sol nos sonríe a todos:

 

 A lo largo del día subo unas cuantas veces la pista azul, con nuevas almas caritativas que me soportan además de Aria, como Laura y Sara. Me sigo cayendo pero parece que en un porcentaje algo menor, y parece ser que le voy pillando el truco poco a poco a eso de girar, y ya por lo menos no me embalo como antes. Eso sí, mi nivel de agotamiento empieza a ser preocupante. Santi, tienes que hacer más ejercicio. Menos mal que la niebla que baja rollo película de Stephen King me quita las ganas de repetir muchas veces la subida en el telesilla. Después de descansar, en la cena nos avisan de que vamos a hacer un Harlem Shake en el hall. ¿El resultado? Juzgarlo vosotros mismos:

 http://youtube.googleapis.com/v/0EsDblVMTUc&source=uds

 Después de la reventaera que ha supuesto el día entero de nieve, sumado a lo poco que dormí ayer, el viaje, primer día destructivo de aprendizaje y la noche de fiesta, el sábado podría ser un buen día para quedarme en el hotel descansando después de hacer este vídeo. Pero soy un temerario.

 Domingo. Último día. Última misión, bajar la pista azul sin caerme una sola vez: CUMPLIDA. Suena la música de “We are the Champions” de The Queen. Además, esta vez no soy yo el que se cae, pues las inglesas están probando por primera vez el snow y no están cayéndose poco que digamos. Tó motivao, intento repetir bajar otra vez para despedirme. Me caigo 2 veces porque las piernas ya no me responden. Te has ido de guay, Castro.

 En resumen: para lo torpe que soy, el primer día nefasto que tuve y no haber esquiado antes en mi vida, me ha gustado la experiencia. Gracias a los que habéis tenido paciencia conmigo y me habéis acompañado en mis caídas. Prometo repetir si puedo y algún día, quién sabe, ser yo el paciente que vaya detrás de un torpe principiante que no para de comer nieve.

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