Siena·Viajes

Dándolo todo: parte de Siena XXVIII

Por fin he ido a Roma en mi Erasmus. Y no, no he visto la Plaza de España.

El domingo me levanto y tranquilamente preparo las cosas para la llegada de Carlos. Después de comer mis vecinos se ponen a jugar a un juego francés muy extraño (nada que ver con nuestros increíbles juegos de cartas españoles tipo la brisca, el chinchón, el tute, el mus…) y nos invitan a participar a Víctor y a mí. En menos de 5 minutos Víctor no sólo se ha picado con el juego, sino que amenaza con convertirse en campeón mundial. Maldito competitivo que siempre tiene que ganar en todo…en fin, que con el dichoso juego se me echa el tiempo encima y llego corriendo y sudando a la estación de tren. Allí está el tito Carlos, con su pelito largo, sus gafas de sol de pasta, su polito ahí weno…vamos, de SEVILLANAS MANERAS. Después de hacerle sufrir un poco porque le hago subir andando hasta mi casa, con maleta incluida y sin ayudarle a llevarla hasta los últimos 100 metros para llevarme los laureles de mis vecinos y que piensen que soy un caballero (mentira), nos vamos con Víctor a dar un paseo por la Plaza. Como es Domingo de Resurrección, y según creo comienza la Pascua, sólo confío en que haya un negocio abierto: el ebreo. Evidentemente no me falla y compramos algunas cervezas para bebérnoslas después en casa mientras vemos el partido del Sevilla contra el…¿Villareal? (sería TAN fácil buscar el calendario de Liga y comprobarlo que como me gustan las cosas difíciles no lo voy a hacer). Después nos dormimos, que hay que rendir homenaje al Señor Resucitado y me consta que un hombre tan católico como Carlos no se va a dejar engañar por un pequeño diablo como yo.
El lunes hago un “copia y pega” con la visita turística que le hago a Carlos desde por la mañana. Lo único que falla es que después de comer unas pizzas sentados en la Piazza y subirnos a tomarnos un café a la terraza del rincón se pone a llover. Comienza una odisea sin paraguas en la que, como medida de salvaguardia, usamos vilmente cada tienda camino del Duomo para no mojarnos. En una nos da apuro y decidimos mirar la ropa haciéndonos los muy interesados a pesar de que una simple camiseta costaba 50 euros. Yo hasta me llegué a probar un chaquetón (chamarreta en idioma carlesco) ya que me hacía ilusión ponerme algo de un valor claramente fuera de mi poder adquisitivo. Cuando cesa un poco la lluvia entramos en el Duomo. NOTA: ver descripciones anteriores de las caras y sensaciones de la gente al verlo, yo paso de innovar otras. Como es temprano y parece que el tiempo se ha aguantado un poco decido usar a Carlos como chivo expiatorio y que me acompañe a ver la Basílica de San Domenico, que con mi reputación de iglesiero que tengo me parece increíble que no la hubiera visto aún. Cumplo por fin el mandato de un tal Neftalí que desde que empecé mi aventura Erasmus no deja de darme el coñazo con que viese la famosa cabeza y dedo de Santa Caterina que están allí expuestos. Pues bien, Neftalí, te diré que es bastante tétrico pero que te perdono la recomendación ya que siempre es curioso ver una Basílica con todas las banderas de las Contradas expuestas. Al salir de San Domenico vamos a dar un paseo por lo alto de la Fortezza, donde por cierto nunca había estado, pobre de mí que no había admirado hasta ahora las vistas tan bonitas de la ciudad. Como de turismo ya va bien la cosa decido que es hora de reunirme con mis amigos y que vaya conociendo a algún que otro personaje y, sobre todo, a mi coneja. En casa de Feli le presento al murciano del que misteriosamente se aparta con miedo (qué leches habrá leído en mis correos) y le enseño a la coneja que está tó felí (mira, que curioso, está tó felí en la casa de Feli, juas juas que gracioso soy) en el patio que tiene para ella sola.
Toca ir a casa para cenar. Allí hacemos gestiones varias en grupo porque es lunes y Carlos aún no conoce la vida nocturna de la ciudad, y como me consta que un lunes haya poca, sólo nos queda una solución: llamar a nuestra amiga en común Hannah y su grupo de borrachera inglés. Por si no os acordáis, esta chica había estado de Erasmus en Estrasburgo y conoció a Carlos y cuando fui a visitarlo nos presentó y surgió el amor porque ella es muy guapa y yo también muy guapo y los guapos nos atraemos entre nosotros. Peeero el problema es que ella tiene un novio negro y claro, por mucho amor que nos tengamos hay ciertas cosas contra las que un servidor no puede competir. Total, que Hannah nos invita a su casa a beber un poquillo. Al buscar su casa en el mapa casi me da un soponcio porque Carlos no sé, pero yo sí soy consciente de la distancia que implica recorrer y como que las fuerzas no sé si nos llegarán. Pero a falta de planes, buenas son caminatas, así que allá que vamos. Confirmamos que la casa de la inglesa está donde el viento da la vuelta que coincide además donde Cristo perdió el mechero y donde Colón se fue a buscar las Indias. Menos mal que todo tiene su recompensa y al entrar en la casa Carlos y yo entramos en shock al entrar en el salón. Digamos sin exagerar que en su salón cabe mi casa entera y posiblemente sobre para la de mis vecinos. Y no es que la exageración típica sevillana que podamos tener Carlos y yo se hubiesen fusionado y estuviéramos viendo visiones, NO. ERA ACOJONANTEMENTE GRANDE EL SALÓN. EL MALDITO TITANIC PODRÍA HABER HECHO UN DERRAPE EN ESA SALA. Ahogándome los complejos con respecto a mi humilde morada, nos unimos al grupo. Están la mencionada Hannah, una chica de Massachussets (para los de la LOGSE, Estados Unidos), un chaval inglés llamado Sean, un chaval colombiano pero residente en Inglaterra y actualmente estudiante en Italia que tenía una vena que más quisiera Fidel el de Aída y 2 inglesas más con el mismo caso que Hannah, también conocidas de Carlos y que me presentó en mi visita pero que no están en Siena de Erasmus, sino desperdigadas por otras ciudades italianas. A Carlos y a mí antes de llegar la velada en esa casa nos parecía una encerrona y pensábamos que podría llegar a ser la peor noche de nuestras vidas, pero por fortuna la cosa va bastante bien y conseguimos encontrar una lengua intermedia en esta Torre de Babel que es el Esperanto, que casualmente de las 10 personas que lo hablarán en el mundo 8 se encuentran aquí y las otras 2 están durmiendo. Salimos de casa de Hannah y en el café del Corso nos unimos a más irlandesas, inglesas y por el estilo. Como a beber nadie les puede ganar, se ve que tanta influencia alcohólica me hizo hacer lo que describiré a continuación. Yo subí tranquilamente a mingitar cuando descubrí que me encontraba en una sala oscura y sin nadie que vigilase. En esa sala, además de los servicios, se encontraba otro espacio donde durante el día se puede subir a almorzar y cenar, pero que ahora estaba vacía. Y en ese espacio, en una balda totalmente al descubierto, se encontraban botellas y botellas de vino. Así, sin que nadie excepto yo la estuviese viendo. Pues mira tú por dónde una cáscara de plátano se cruzó en mi camino y me resbalé con ella. Salí por los aires y por fortuna caí sentado en una silla pero tan mal equilibrado que caí para atrás y provoqué un dominó de mesas cayéndose que llegó a dar al final a la balda de los vinos. Una botella de Chianti Classico reserva empieza a tambalearse y yo, que me las veo pagando el estropicio, salto con todas mis fuerzas hacia delante para en el último segundo coger la botella al aire. Y al encontrarme con ella en la mano una especie de fuerza de la naturaleza hizo que se quedase pegada a mi mano y tuviese que salir disimulando del local. Sentado fuera, la espera a irnos se me hizo eterna porque la jodida botella no se me despegaba y encima cuando lo hizo provocó tal ruido en el suelo que, aunque no se rompió, llamó la atención de la gente. Por fortuna para mí nadie se percató de toda la situación y pude llegar con la botella y Carlos sanos y salvos a casa. Qué casualidades tan extrañas ocurren a veces, ¿verdad?
El martes la vaga intención de irnos fuera de la ciudad a ver algo se esfuma cuando vemos la hora de levantarnos. Por la tarde le hago ver a Carlos el por qué de tantos cafés para llevar en el Porrione para después bebérnoslos en la Plaza, y es que la camarera de tarde del Porrione está que trina. Y lo de beberlo en la Plaza es lo de menos, pero bueno, tiene su encanto también. Esa noche acabamos en casa del murciano unos cuantos para tener una jornada de vídeos de Cuarto Milenio y charlar sobre fenómenos extraordinarios y por qué las Pirámides seguramente no las construyó el hombre (conversación patrocinada por Víctor). La cosa continua tan paranormal que surge el debate de si los niños del grupo nos acostaríamos antes con la vecina gorda de Feli o con Brad Pitt. División de opiniones. Me abstengo de comentar mi respuesta. La noche se termina cuando la vecina TAN simpática de Luis, italiana de 30 años y se ve que un poco amargada, sube para decirnos que nuestras conversaciones inocentes y de tono moderado no la están dejando dormir. Patri se pone a discutir con ella en la puerta y cuando veo que la italiana le suelta que ella hace lo que le da la gana y que Patri como española no tiene derecho a replicarle el menda se siente un poco alterado y casi se lía a ostias, pero decidimos calmarnos y no complicarle la existencia a Luis que ya tiene suficiente con no haber pagado los dos últimos meses y nos vamos Al Cambio. Allí, como no me esperaba menos, Carlos flipa en colores con “Tranne te”. A las afueras del local nos encontramos con las inglesas de ayer que nos invitan a ir a su casa. La situación es cuanto menos extraña, y si no hubiera sido por el vodka que nos hemos bebido Carlos y yo la distancia nos hubiera echado para atrás. Pero sin comerlo ni beberlo ya estamos en la puerta. Hannah nos prepara una pasta con tomate natural (hecho por la madre típicamente italiana de sus compañeros depiso) que está de vicio y Carlos devora 2 platos sino fueron más. Maldito agonía. Comienza después una situación incómoda en la que nos ofrecen quedarnos a dormir pero claro, ninguno sería el afortunado que lo haría con Hannah, y a Carlos y a mí nos tocaría compartir una cama de matrimonio con las otras dos inglesas. Antes de que nos dé tiempo a imaginarnos situaciones extrañas a ambos, salimos por patasde la casa.
El miércoles consigo el pleno de no gastarme más dinero en volver a los mismos pueblos que he visto ya 9184187346 millones de veces y, gracias a tanta fiesta, he tumbado a Carlos y las horas de levantarnos no invitan a ir a ningún lado. Esa tarde llega Andrea, amigo italiano de Carlos en su Erasmus que terminó la carrera allí y que el segundo semestre se lo está pasando en Roma rascándose los bajos. No he adjuntado fotos del tal Andrea porque me daba miedo quedarme sin amigas (y sin algún amigo). Andrea ha llegado en coche y mañana nos vamos con él a la capital italiana. No sé si por compromiso o no, el chaval alaba mi casita toscana y dice que le encanta. Peloteos aparte, salimos a dar una vuelta por el centro con las inglesas. Esa noche estaba planeado ver el partido de Champions del Madrid-Barça con mis amigos madridistas, pero menos mal que al final por falta de tiempo nos quedamos a verlo en mi casa nosotros 3 porque se hubieran cagado en mí de tanto que celebré los goles de Messi. Por el camino al centro me encuentro con Lena y Alessio. Me despido de ella que ya se va a Alemania. Jooo con el cariño que se le coge a una mini-alemana. En casa de Javi y Patri más tarde comprobamos que los ánimos están por los suelos y que ninguno sale. Pero a nosotros no hay quien nos pare y menos a mí que voy bastante feliz así que nos platamos en casa deFrancesca (catalogada como la más guarra del Erasmus, y no es que la chavala no limpie…) y un montón de británicos de todas las categorías. Más tarde volvemos a ir al Café del Corso y ahora entiendo por qué a estas niñas los camareros las saludan como si las conociesen de toda la vida y a mí en cambio me escupen en el cubata y es que tienen allí instalado un fortín las malditas borrachas. Como era de esperar y como somos 3 para 3, Carlos, Andrea y yo retamos a chupitos a las inglesas. La cosa empieza a desmadrarse un poco aunque no por mi parte porque termino ejerciendo de madre con mis dos invitados, se ve que en Estrasburgo no están tan acostumbrados al ritmo de Siena. Llega un punto en que cierran el local y las inglesas desaparecen. Pero se ve que estos dos no se dan por vencidos y entre un cántico de “la Roma, la Lazio, c’è solo la Roma!” de nuestro amigo italiano y otro (a lo largo de la noche si no fueron 16 millones de veces lo que lo cantó no fueron ninguna) tienen tiempo para pedirme que les lleve a casa de Hannah. Les aviso de que sé el portal pero no el número de puerta y que una vez llegados allí no hay nada que hacer, pero aún así el que realmente no tiene nada que hacer soy yo contra el alcohol en sangre de estos dos. Al principio del camino hay un rumano que no para de meterse con Messi y alabar a Cristiano y a mí me dan ganas de decirle “sí sí pero 0-2”, pero mi instinto sale al paso y me dice “detente joven Padawan”. Además, lo que tienen estos caminos tan improvisados a estas horas de la madrugada a una casa es que normalmente no eres el único que está desfasao, y efectivamente nos encontramos con una graduación reconocible por los laureles en la cabeza de una de ellos. Andrea intenta adivinar de dónde es la gente por la forma que tienen de hablar y yo no entiendo por qué no acierta ni una maldita vez. Mientras tanto a Carlos le ha dado por perseguir a una rubia que le había gustado a Andrea y al volver no tiene cosa mejor que hacer que subirse a unos poyetes y pegarse el castañazo de su vida para al día siguiente no acordarse por qué le duele tanto el brazo. Más tarde o más temprano llegamos al portal de Hannah después deinsistir por el camino miles de veces que no me sabía el número, pero Andrea es romano y, por tanto, decidido, y me dice que no me preocupe que una vez allí lo soluciona él todo. Cuando Andrea va a llamar al telefonillo, me mira y me pregunta “qué número es”. Mi desesperación me la guardo porque entiendo que su estado no es como para tirar cohetes, pero el remedio de no saberme el número es peor que la enfermedad porque empieza un proceso que dura más de una hora en el que no nos movemos de ese portal. ¿Que qué hacemos? Pues lo que harían dos borrachos y su guardaespaldas particular en una situación como ésta: intentar llamar 10 veces a cada una; equivocarse 9 de esas 10 veces por no escribir bien el número; llamar a telefonillos al azar para que a las 5 de la mañana te responda un pobre hombre que seguramente tendría que trabajar en dos horas y te diga que no, que allí no vive ninguna Hannah; pegar gritos de 200 decibelios hacia las ventanas del bloque para que se asomase Hannah; escribir 20 mensajes de texto que pedían que nos abriesen la puerta; escribir otros 10 mensajes a cada una diciéndoles que mañana se vinieran con nosotros a Roma en el coche. Como no conseguimos nada, me voy a casa con estos dos dando tumbos. Arman un ruido de escándalo en mi cuarto que menos mal que Alessio y Lena ya estaban despiertos para irse. Son las 6 de la mañana.
El jueves tal y como me levanto tiro para el centro a recoger mi cambio en el acuerdo de estudios y me despido de mis amigos. Sé que en Roma sólo voy a estar 3 días pero es que aquí nos vemos y nos queremos tanto que eso es un mundo. Toca el momento de la verdad: comprobar cómo conduce un italiano, no no no no, peor aún, un ROMANO, pero desde una perspectiva un tanto escabrosa como es desde el coche. Realmente el chaval no conduce mal por lo que estoy viendo aunque ESPERAAA, qué carajo está haciendo cogiendo el móvil para hablar mientras conduce. Ay Dios, pá habernos matao. Gracias al cielo llegamos a Roma y antes de llegar a su casa nos pasamos por la desu madre. Os cuento la historia: madre se casa, tiene 3 hijos muy guapos y muy perfectos. Madre se divorcia y se vuelve a casar con otro hombre a su vez divorciado y a su vez con otros 3 hijos y se van a vivir todos juntos. Llega un guionista de España y genera “Los Serrano”. Madre se vuelve a divorciar y actualmente vive soltera en un piso a las afueras de Roma con su hija pequeña que cuando me la presenta pienso “madre mía si Andrea me aceptase como cuñado…”. Como si la casa no fuera grande decide pagarle a sus dos hijos mayores un apartamento a cada uno en una urbanización cerca de la suya y santas pascuas. Por fin llegamos a la urbanización estilo apartahotel de Andrea, con piscina y, lo que es mejor, un banco donde están los Simpsons como muñecos. Nota mental: hacerme foto con ellos a la vuelta de fiesta. Ubicados en casa nos presenta Andrea a su hermano, muy ideal y muy perfectamente italiano que vive en la puerta de al lado suya. El cabrito nos sale a saludar en calzoncillos y una pobre señora que entra en ese momento se va un poco escandalizada. Andrea nos lleva a cenar a una pizzería muy buena donde caen 3 pizzas típicamente romanas. Aunque estamos reventados del día anterior tenemos fuerzas suficientes como para salir al centro a dar una vuelta con el coche. En la Piazza della Repubblica comprobamos que aquí les ha dado fuerte con lo de la beatificación de Juan Pablo II (mira tú por dónde me toca justo el domingo, coincidiendo además con que es 1 de mayo y aquí se monta un pifostio de la ostia con conciertos y macro fiestas que hacen que 2 millones de personas lleguen a la ciudad). De nochetodo es precioso: el Vittoriano, la piazza Navona, la Fontana di Trevi, el Panteón, el Castel Sant’Angelo, el Vaticano, la Piazza del Popolo, Villa Borghese y sus vistas de la ciudad de noche… lo que también es muy bonita es la mujer romana, que nos da tiempo a admirar parándonos un poco a dar una vuelta por la zona de marcha. Pero sin incidentes, volvemos a casa temprano que hay que descansar.
El viernes, como toca un día largo, desayuno con red-bull. La cosa se promete pasada por agua porque saliendo de casa de este hombre llueve, pero Roma es así, tan grande que puede estar diluviando como de hecho hacía en un sitio y estar un sol cojonudo en el centro comode hecho también hacía. Como voy yo en el coche, le transmito la potra en el tema aparcamiento que me ha trasladado mi padre (de lo poquito bueno en sus genes que me habrá pasado) y conseguimos hacerlo al lado del Coliseo. El calor que hace y el sol invitan a patearnos la ciudad. La zona del Coliseo la vemos más que vista, incluyendo el foro romano. Después, por primera vez en las 3 veces que he estado aquí incluyendo ésta, subimos al Vittoriano, también llamado la máquina de escribir. La suerte de estar en las fechas en las que estamos es que está abierto el museo que alberga el monumento. Al lado hay una plaza que no recuerdo bien si tenía el ayuntamiento o qué edificio oficial, pero vamos que sí, que Roma monumentos tiene y para ti no vende. Seguimos andando hasta llegar al Trastevere, barrio muy bonito y encantador donde entramos en una iglesia (adivinad de quién fue la idea) donde se pone a cantar un coro en varios idiomas. Comemos y avanzamos hacia el barrio judío. Seguimos y seguimos andando hasta llegar al puente de enfrente del Castel Sant’Angelo para después decidir entrar en el Vaticano. El miedo es más que evidente, la beatificación de este hombre es el domingo y aquí tiene que haber de todomenos no-turistas. Pero Dios siempre me tiene reservada alguna sorpresa y milagrosamente entramos sin problemas y esperamos solamente 5 minutos de cola para entrar en la basílica de San Pedro. Lo primero que hacemos al entrar es comprobar si es cierto que la Catedral de Sevilla es la 3ª más grande del mundo. Carlos y yo estamos indignados porque las estrellitas que están en medio del suelo de la basílica representan a las más grandes después del Vaticano y allí hay no sé cuántas que están antes que ella. Nota mental: destruir el resto decompetidoras. Tan obstinados estamos que no me preguntéis por qué no vemos la Pietá de Miguel Ángel. Maldita sea nuestra estampa. En su lugar, como si fuera igual de bonito, vemos un museo que han instalado temporalmente sobre la vida de Juan Pablo II (que me perdone el pobre, pero es verdad). Intentamos a la desesperada entrar en la Capilla Sixtina pero no hay suerte. 3 veces en Roma y ninguna ha tocado, valiente mierda. Camino del coche vemos la Corte de Casación, un edificio bastante bonito, y nos tomamos un café en supuestamente unode los mejores de Roma (que sibarita es Andrea, me cae bien) que se llama café Eustacchio. Lo último que vemos es la Iglesia del Gesú (mira, los italianos escriben su nombre como lo pronunciamos los andaluces, qué grande).
Ya en casa no hay ni tiempo para descansar a pesar de que estamos reventaos no, lo siguiente, porque toca ir a la fiesta de graduación de una amiga de Andrea. Estamos invitados por la putísima cara aunque casi preferiría no estarlo porque el sitio es muy chic y la comida que nos incluye no es allá gran cosa, aparte de que no hay bebida incluida. Unos sevillanos como Carlos y yo hubiéramos llevao al personal a un sitio de mala muerte a jartarse de montaítos baratos y cerveza a cascoporro, nos habríamos gastado menos, habríamos comido y bebido más, nos habría sobrado para contratar a una orquesta lamentable que cantase el Paquito el Chocolatero en lugar del DJ éste que tienen puesto que pincha música alternativa y pone imágenes psicodélicas y con todo y con eso seguiría siendo más barato que lo que esta mujer se habrá gastado aquí. Pero claro, Andrea se junta con la crême de la crême romana y ya se sabe, a veces las cosas muy ostentosas no satisfacen tanto. Menos mal que aunque no conocemos a nadie de la fiesta nos presenta a algún amigo simpático. Apurando el tiempo salimos de allí habiendo tomado un poco de tarta y de champán para ir a la discoteca “Piper” con los amigos de Andrea. Esta discoteca se ve que es una de las más conocidas de la ciudad, sobre todo porque hay 100.000 personas en la puerta y sólo dejan pasar a los que tienen la carrera de modelo. Menos mal que nosotros tenemos contactos y disponibilidad para pagar 20 € por una botella de ginebra entre 7 con sus refrescos correspondientes en una zona VIP. Sí, así es la noche romana. La discoteca es la leche, la música también y efectivamente aquí las mujeres son diosas y los hombres me sacan 20 centímetros de diámetro en cada brazo como mínimo. Lo de estar en la zona VIP está muy chulo, sobre todo cuando aparece “LA DE ROSA”.
A ver.
No nos pongamos nerviosos.
Esta mujer se merece un párrafo aparte.
Yo no es que quiera aparentar ser un salido ni nada por el estilo pero es que realmente llega un momento en la vida de todo hombre en el que se cruza con esta mujer y se dice “se merece un párrafo aparte en mis correos semanales”. Hagan ustedes la mezcla entre todas las bellas mujeres que conozcan y deseen, póngales un vestido rosa muy ajustado y muy corto y una lencería que quita el hipo y tendrán a “LA DE ROSA”. De verdad que se merece que estuviera escribiendo horas sobre ella pero por miedo a que me censuren este correo por las cosas que se nos pasaban a todos por la cabeza en esa zona VIP prefiero no hacerlo porque me consta que esto es leído por algún que otro menor.
Pasada la consternación y enamoramiento (mentira, el enamoramiento es de por vida), seguimos la noche. Los amigos de Andrea se quedan flipaos con que me sepa la letra de “Tranne te” entera. Yo les digo que ojalá me supiera el temario de los exámenes que me esperan despuésde estas “vacaciones” la mitad de bien. La zona VIP ya no es tan divertida en el momento en que entre los palcos míos y los de arriba empieza a haber lanzamiento de cubatas (menos mal que con vasos de plástico). Se ve que el pueblo más llano, osease yo por estar abajo, siempre le gusta pelearse con los ricos, osease los que estaban arriba. Visto el percal me voy con Carlos y el cabrito me termina convenciendo para que nos colemos en otra zona de la discoteca que con nuestra pulsera no se puede entrar, será la zona VIP VIP. Pasamos unas barras destrangis y allá que nos plantamos con Andrea and Company que llevaban allí un buen rato. Cerramos la discoteca y nos vamos a cenar un kebab que Andrea dice que es de los mejores de la ciudad y la verdad es que es grande de cojones. De vuelta a casa intentamos hacernos la famosa foto con los Simpsons pero resulta que Andrea no tiene el mando que abre la puerta de entrada de ese sitio. Carlos, en un ataque de valentía, decide saltarse la valla de 3 metros y cuando ya está subido le decimos que nanai, que se van a hacer la foto dos personas, él y su p…. madre. Ya en casa tenemos el típico momento catastrófico con el ordenador por delante que al día siguiente te pasa mucha factura.
El sábado Carlos se despierta muy temprano para irse de nuevo a Estrasburgo pero yo le digo que evidentemente no confíe en que le acompañe a la estación y me quedo durmiendo. Durante unos minutos me ronda la cabeza la idea de quedarme uno o dos días más en Roma pero cuando encuentro un tren baratísimo para volver a Siena y me imagino la cantidad ingesta de gente que habría en la ciudad el domingo o el lunes me quito de en medio y me compro el billete. Con los minutos justos llego al tren gracias a Andrea que me ha llevado en coche. Por si no hubiera tenido suficiente con las fiestas de estos días me animo en el coche a llamar a mis amigos de Siena. Víctor me dice que esta noche va a Florencia con Palencias y más gente, que es la noche de los museos y que salen de fiesta por allí (anda que van a ver muchos museos, enseguía). Kike también se va a pasar la noche por Perugia con parte de mi grupo. Sólo me queda la parejita madrileña que por fortuna me acoge a cenar en su casa para después bajarnos a la plaza a hablar un rato italiano con Adriano y Edo, otro chaval de Sicilia que flipa con que en España cuando una fiesta cae en domingo se pase al lunes. Mis amigos se van y los dos sicilianos me piden que me quede pero yo consigo rehuírlos por fortuna e irme a descansar a casa que ya me toca. Además, esta semana llega Edu y me toca darlo todo con él.
En fin señores, sé que voy un poco atrasado con los correos pero a ver si esta semana me pongo las pilas y actualizo todos en general. Temblad, que como me de por escribir os envío como éste otros dos seguidos y os morís de la pena.
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