Opinión · Relatos

Carta de despedida del 2020

La habitación ante la que nos encontramos tiene un tamaño estándar, ni grande ni pequeña. Tiene un aire rústico y antiguo, como la típica casa rural con suelo de madera, muebles al uso y paredes de piedra. La decoración es mínima pero acogedora, la propia de un estudio de trabajo, sin cama ni televisión, pero con una biblioteca amplia, de suelo a techo, una mesa robusta, una silla poco moderna, algo ajada, pero que tampoco parece incómoda, y una pequeña chimenea encendida con una lumbre que arroja un agradable calor a su alrededor. La sala está iluminada en lo que se intuye podría ser el avenimiento del ocaso, aunque la inclinación del sol permite que la luz alumbre todavía suficientemente la estancia. Aunque siempre sea subjetivo, podemos decir que huele estupendamente, a esa mezcla de campo y hierba cuyo aroma permite pasar una ventana abierta del despacho, y ligeramente a madera del propio interior de la casa y al poco humo que no es capaz de absorber la chimenea. El ruido es el mínimo que podríamos imaginar, apenas unos trinos de pájaros en el exterior, lejanos, una suave brisa cuyo rumor acompañan las hojas de los árboles vecinos, y el crepitar de las brasas de un fuego ya extinto desde hace unos minutos.

Ante esa paz y tranquilidad sólo hay algo que destaca y es la única presencia humana de la escena. De cara a la mesa, a apenas un metro de la silla, un señor ya mayor, alto y atlético, aunque arrugado por el paso de los años y con barba blanca, mira a través de la ventana con el ceño ligeramente fruncido, pensativo. Viste de manera sencilla, propio del invierno, y mantiene una postura estática, con los brazos en jarras. Su respiración pausada apenas si se entreoye con los leves sonidos que hemos descrito antes. Así aguanta unos segundos más y, de repente, como si hubiera tomado una decisión, da un par de pasos lentos pero seguros hacia la mesa, retira la silla, se sienta provocando un pequeño crujido de la madera de ésta, se arrima lo suficiente para coger un papel en blanco que estaba depositado encima de la superficie de la mesa, se acerca una pluma estilográfica y, antes de apoyar la misma sobre el papel, echa un último vistazo hacia afuera. La caída del sol destaca aún más el arrugado rostro y nos permiten ver unos ojos experimentados, cansados, pero al mismo tiempo vivos, pendientes de hacer algo más antes de acabar el día. El hombre suspira, baja la mirada hacia el papel, y escribe.

Queridos habitantes del 2020,

Llevaba tiempo queriendo dedicaros unas palabras, pero he sido paciente y esperado hasta el final, a pesar de que llevo 366 días escuchando vuestros insultos y lamentos varios, aguantando estoicamente cada vez que me habéis nombrado. Ahora me toca a mí hablaros y deciros lo que pienso de vosotros.

Al principio, como siempre, todos empezasteis como con mis predecesores: con mucho entusiasmo y alegría, pilas cargadas como decís, muchos propósitos y mucha energía para un año que la mayoría veíais con buenos ojos. Al ser de número tan redondo como soy, y ser bisiesto, quizá eso os entusiasmó de mí. Pero como siempre, vuestros propósitos y promesas duraron mayoritariamente poco, y tan pronto se dieron por cerradas las fiestas navideñas volvisteis a vuestros estudios y trabajos, los que pudisteis, y vuestra vida volvió a ser prácticamente la misma. Nada nuevo, ya me habían avisado los anteriores: nos ha pasado a todos, me dijeron.

Pasados mis primeros días de existencia me fui dando cuenta de que, si bien al principio todos manteníais mensajes de unión, paz, familia, buenas acciones, bondad, en realidad buscáis cualquier excusa para enfrentaros. Cuando no es el dinero es el control de los recursos naturales, y no me hagáis hablar de lo que os gusta discutir de política. Si no, siempre tenéis cualquier deporte que algunos disfrutáis amenamente, pero otros malgastáis tiempo, dinero y esfuerzo en algo que ni os da de comer ni os va a sacar de pobres a los que sois. A la mayoría os preocupa el cambio climático, y hacéis bien, pero tampoco veo que vuestros hábitos de consumo responsable, transportes o reciclaje cambien lo suficiente. Si hasta en el humor chocáis, por favor, y no dejáis que cada uno se ría libremente de lo que quiera.

Por todo ello, cuando a principios de año llegó para vosotros la dichosa pandemia, vi una ocasión perfecta para ver si surtía un cambio en vuestros hábitos, en vuestra forma de pensar y de actuar. Y mira tú por donde, al principio me pareció que así era. Alrededor de todo el mundo no paraba de ver gestos de confraternización y alegría. Os tomabais bien el estar en casa, saliendo a vuestros balcones, quienes teníais, a aplaudir a los trabajadores que día tras día se enfrentaban cara a cara con el virus. Y ya de paso, a los policías, barrenderos, reponedores de supermercados, y demás personas que no podían teletrabajar. Poníais el foco en cuidar de los mayores, quienes más sufren el virus, paralizando absolutamente todo con tal de ponerles a salvo.

Qué iluso de mí. Cómo se nota que estás en tus primeros meses de vida, me dijo 2019, quien había tenido un bonito mensaje en su despedida, por cierto. Efectivamente, poco tardasteis en saltar a la bronca de nuevo. Los aplausos empezaron a alternarse con caceroladas en muchos sitios, y hasta escuché gritos de unos vecinos a otros, insultándose. Los cuerpos de seguridad, antes aplaudidos, empezaron a ser mal vistos por aquellos que sufrían el confinamiento o los que no podían hacer botellón tranquilamente en la calle con la gente que quisieran y a la hora que quisieran. Cuidar de vuestros mayores estuvo bien un tiempo, pero alargarlo más de lo necesario empezó a resultar pesado y los bares, terrazas, playas y discotecas volvieron a estar de bote en bote. Entonces se volvieron a promulgar medidas de control y restricciones, como era de esperar, y a pesar de que esta vez no eran tan duras como antes, ya no los las tomabais de igual manera. Paulatinamente, y no habíamos llegado siquiera a la mitad de mi existencia, empecé a acostumbrarme a escuchar frases que no habéis parado de repetir, unos y otros en cualquier parte del globo: “vaya año de mierda”, “ojalá se acabe este 2020”, “que ganas de que acabe todo ya y llegue 2021”. Yo también os quiero, nótese la ironía.

Me hace gracia que me echéis a mí la culpa de todo, como si yo fuera una especie de Dios que todo lo puede y todo lo juzga. Los únicos que también tenéis bastante en vuestros pensamientos y no dudáis en criticar tanto como a mí son los políticos. ¿Pero os habéis mirado el resto? Los políticos no son más que el resultado de vuestras propias decisiones, al menos en la mayoría de lugares de la Tierra, y lamentablemente un fiel reflejo de la sociedad de la que provienen. Os llenabais la boca mandando mensajes de esperanza al inicio de la pandemia, y habéis tardado más bien poco en volver a la gresca unos contra otros por cualquier motivo. La sanidad y la investigación, eso sí que es importante, profanabais. ¿Seguro? ¿Era así cuando colapsabais las urgencias antes, demostrabais todo lo contrario con vuestro voto, o defraudabais impuestos o justificabais a quien lo hacía? Habéis llorado mucho y os habéis emocionado por todos los muertos del coronavirus, y eso os honra. Pero me gustaría que llorarais a todos los muertos por igual, sin distinción de bandera y sin contabilizar por países como si los de los otros no importaran. También me gustaría que fuerais conscientes que esta pandemia ha traído, hasta hoy, alrededor de 1.800.000 muertos en todo el mundo. Continuamente habéis memorizado la cifra exacta de fallecidos diarios en vuestro país y escuchado con atención los números globales. Me gustaría apuntaros un par de cifras: alrededor de nada menos que 10 millones de personas habrán muerto de cáncer sólo en 2020, y se estima que alrededor de 12.000 personas diarias lo habrán hecho por hambre en todo el mundo, lo que haría un total de más de 4 millones durante mi corta vida. A estas cifras les da igual la pandemia, y han sido así año tras año, y seguirán siéndolo. Para el coronavirus todo el planeta se ha movilizado y ya tenéis una vacuna en menos de un año. Para el resto, aún nada. No obstante, la culpa es mía, según vosotros.

Agotando mis últimas horas de vida, sois muchos los que estáis ansiosos por comeros las uvas y dar la bienvenida a mi sucesor, mandándome a mí, suscribo textualmente vuestras palabras, a tomar por culo. Pues bien, yo no seré tan duro con vosotros. Solamente espero que os terminéis dando cuenta que yo no tengo culpa de nada. Yo pasaba por aquí, como quien dice, y simplemente intentaba llenar vuestras vidas con otros 12 meses, 52 semanas, 366 días, 8.784 horas, 527.040 minutos y 31.622.400 segundos. Ya con qué llenéis cada uno de esos instantes y sobre todo, qué hagáis y cómo asumáis aquello que os viene, eso es cosa vuestra. Espero que también os deis cuenta que el tiempo es imparable y avanza inexorablemente, y su partición en años por mucha explicación astronómica que tenga es invención vuestra. Si yo existo es por vuestra culpa, y el hecho de que yo sea mejor o peor que años anteriores o venideros no es cosa mía. Únicamente vosotros, habitantes del 2020, con vuestros actos y el enfoque que les dais a las cosas, dais sentido a cada uno de los poquitos que como yo pasamos por vuestra vida. Y me temo que si seguís así, no seré el único del que tengáis ganas de deshaceros, para que encima luego vengáis en el ocaso de vuestra vida, como me encuentro yo, y digáis “qué corto que se me ha hecho”. Pues menos quejaros, coño, y sobre todo aquellos que menos razones tenéis para ello.

Ala, que yo me voy, pero ahí os quedáis vosotros con mi compañero 2021. A ver qué hacéis con él y cómo le tratáis, pero le deseo que le tratéis mejor que a mí, que yo ya he recibido demasiados golpes como para continuar.

Un saludo,

2020

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