Opinión·Pavia

El eterno retorno

Volver al 19 de septiembre de 2012… y vivirlo todo de nuevo.

Cruzar el Ponte Coperto para ir a una fiesta en una casa en la que nos desalojan rápidamente. Beberme una fragola en las escaleras del Duomo mientras alguien toca una guitarra. Abrir las puertas de Casa Fagioli de noche a gente que nunca he visto. Cantar en el karaoke del Raise un tema español como si no hubiera mañana. Acariciar a Moka porque no ha parado de mover las patas delanteras de arriba a abajo. Destruir casa de Dito. Gritar improperios por un partido de fútbol en el Black Bull con una cerveza de litro a salvo de mis aspavientos. Hacer una apuesta con pistolas de bolitas. Volver echo peazos de Nirvana y tirarme en el sofá a charlar con los Álvaros de las jugadas de la noche. Pasear por Strada Nuova camino de casa de Pelayo y Jorge para tener una cena absolutamente impredecible…impredecible, ésa es la palabra.

Hace más ya de un año que apliqué para la beca de Doble Titulación, ésa que para mí ha sido una segunda Erasmus de tapada. Recuerdo que no había oído hablar de ella antes, que no sabía bien en qué consistía cuando entré en la aplicación informática, y que lo único que me importaba era que mi perfil se ajustaba a las bases de la convocatoria. Yo no estaba nada convencido y me daba pereza moverme para inscribirme porque quedaba muy poco tiempo, pero el que ya había sido mi coordinador Erasmus me animó para que aplicara, que si era seleccionado ya tendría tiempo de rechazar mi plaza. Y encima en mi casa no es que estuvieran muy convencidos. Como ocurrió con Siena, en el último día, con problemas informáticos de por medio que implicaron el moverme hasta la sede de Relaciones Internacionales de la Universidad para que específicamente me abrieran la aplicación a mí en vivo y en directo porque no me dejaba, apliqué, esta vez sin mucha esperanza de ser seleccionado, pues me daba la sensación de que esta beca era algo más “seria” que el Erasmus. Pero como diría Malcolm en Jurassic Park, “todo es caos”, y el caos no se puede predecir.

Las lágrimas de mi amiga Laura cuando le conté simplemente que había aplicado ya me dijeron algo. “¿A quién van a coger si no?” me decía. “Pues yo que sé, a cualquier otro, con las ganas que tiene de irse la gente fuera…”. Pero se ve que “Erasmus” tiene más tirón que “Doble Titulación”, y que Pavía no es tan conocida como Milán. Una noche, la primera que debía pasarme estudiando sin dormir para un examen que tenía al día siguiente, en uno de esos múltiples descansos causados por el aburrimiento me metí en Tuenti. Sí, esa red social que ya apenas si entro. Y tenía una petición de amistad con un mensaje añadido. Un tal Adrián me decía que yo le aparecía como el titular de la otra de las dos plazas para Pavía de Doble Titulación, y que a ver si nos poníamos en contacto. Gracias, Adrián, tardé dos horas en volver a concentrarme para ese examen.

¿Y por qué cuento todo esto? Pues porque ahora miro atrás y me hace gracia acordarme de todos esos momentos en los que todo pasaba muy rápido, como seguramente a todos los que se fueron este año a Pavía, y ninguno de nosotros tenía ni puta idea de lo que nos esperaba, de quiénes íbamos a conocer, de lo que íbamos a vivir. Sí, de un año Erasmus había oído hablar todo el mundo, y sí, yo ya había hecho uno con lo cual podría atisbar algo de lo que me aguardaba…pero no.

Yo llegué a Pavía con casi más respeto al año que me esperaba que al primero que pasé fuera. Por diversas razones. Porque el Erasmus era algo que sí tenía en mente desde el principio, pero esta beca no. Porque aunque ya sabía italiano medianamente bien, venía a estudiar en inglés, el cual tenía bastante olvidado. Porque a pesar de conocerme algunas regiones de Italia justamente el noroeste nada de nada. Pero sobre todo por miedo a las comparaciones. Cuando ya has hecho un Erasmus y te vas poco más de un año después de haberlo acabado de nuevo a Italia, a una ciudad también pequeña que antes te era desconocida, pues es normal que te vayas con la idea de ir a estar comparándolo todo: lugares, viajes, gente, universidad, hábitos nocturnos, clima, fiestas…y al principio, aunque no lo comentara con nadie y lo intentara ocultar, interiormente así era: pues en Siena cuando bebíamos…pues en Siena la gente era…pues en Siena mi casa…pero poco me duró. Al igual que la primera vez, mi Erasmus se iba cargando de momentos extraños, mágicos, divertidos, grandes anécdotas que recordar una y otra vez, noches que empezaban con una inocente copa en mi casa y terminaban a la 1 del mediodía llamando a casa de un amigo con un vaso en la mano con agua y las lentillas dentro, habiendo pasado por unas cuantas locuras en Milán. Cada día que me levantaba en Pavía la sensación era la misma: “no sé qué me va a ocurrir hoy”. Incluso dentro de la rutina de días que debían ser calcados unos a otros encontrábamos siempre algo diferente y nuevo que vivir, era algo tan simple y antiguo como el carpe diem en sí mismo. Qué tópico, ¿no? Y es que son más de uno y más de dos y más de 10 las personas que coinciden conmigo en que, por muy intensamente que vivas el día a día en tu vida, el Erasmus es un paréntesis que por ahora, para mí y según la poca experiencia que tengo, lo supera todo.

Hace poco he leído el comentario de una de mis amigas de Pavía, una de tantas que hace un año no conocía ni la cara y que ahora de repente me dice muchas cosas. En él comentaba el cómo puede cambiar una simple decisión. “Pavía” y una casilla al lado donde marcar una X, o poner un orden numérico. Poner un 1 en vez de un 2 por una serie de razones que en ese momento te pueden estar pareciendo muy banales, y de repente acumuladas a lo largo de un año adquieren una importancia descomunal. Había otras ciudades, donde se hubieran generado otras historias, y estas historias, sobre todo, hubieran estado compartidas con otra gente. Los que hemos estado en Pavía seríamos nada, no existiríamos por así decirlo para quien por un cambio de chip en ese pasado hubiera cambiado el orden de preferencia. Pero no lo hizo, ni yo tampoco, y lo impredecible se convirtió en mi destino. Sí, queda poético pero es verdad, todo suceso una vez pasado se puede decir que era el destino el que quería que ocurriera así, creamos o no en él.

La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal y como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?

Así comienza “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera. Pues no sé qué querría decir Nietzsche, pero para mí tiene un significado muy claro: hasta el infinito no, pero aunque ya no tenga esa magia de lo impredecible, yo volvería una vez más al menos al 19 de septiembre de 2012, y lo viviría todo de nuevo.

Volvería a amargar a la gente de Pavía cada dos por tres con rimas, incluso a sus madres, y les diría todo el rato que se llevaran ésta. Vería de nuevo a los Álvaros de Madrid bailar una canción de reggaeton con coreografía incluida. Y a Pelayo y Jorge viniendo a mi casa en pijama a despertarme después de que anoche me desalojara la policía de su casa. No pararía de escuchar a Pedro a todas horas gritando “¡SE LIAAA!” como si le pagaran por ello. Los de la ESN estarían organizándome todo el día miles de fiestas y viajes cual complot judeomasónico para que no pare de gastar y suspender. Alessandro de Amico Erasmus me emborracharía cada vez que saliese por Milán. Dito y Valverde volverían a estar todo el día echos peazos. Irene volvería a chocar conmigo las chapas del Clan del 19. Violeta volvería a regalarme una camiseta que ponga Allontanarsi dalla linea gialla. Mar haría de nuevo conmigo el símbolo de victoria política con el himno del PP de fondo. Carlos me deleitaría de nuevo con su sonrisa imborrable de “yo ya voy como las grecas”. Vería de nuevo a Aria cogerle los bongos a un desconocido y tocárselos (y los bongos también). Las andaluzas (y Visitación) invadirían mi casa con la excusa de robar internet cuando en realidad saben perfectamente que vienen a verme a mí. Astrid volvería a decirme alguna guarrada digna de elogio. Llegaría a mi casa y escucharía roncando a Fuchsia en el baño porque se ha quedado dormida, o en su defecto Katie me llamaría para que la ayude a traerla a casa. Noèmie y Julie bailarían de nuevo una canción francesa pegadiza en mi salón. Andrés seguiría ciclándose y en la papela más absoluta. Erdem nos enseñaría más obscenidades en turco. Nuria Fergó sacaría un nuevo hit. Azahara seguiría cagándose en mis castas a raíz de que una noche le organizara una buena en su casa y encima le partiéramos el cristal. Oleñka y Clara volverían a aguantarme chistes malísimos en el coche camino de Milán a pagar el Oktoberfest. Volvería a meterme con los catalanes delante de Anna. Usaría de nuevo a Laura Pardo y Sara Siguero como profesoras improvisadas en la nieve. Cada vez que viese a Giggio seguiría gritando “¡Tocayooo!”. CAAAAAROL, ERES TÚ, CAAAROL, SOLAMENTE TÚ. Oihanne y Marta se volverían a sorprender al verme una mañana durmiendo en su sofá. Volvería a ver a una conejita celebrando su cumpleaños en la primera semana para luego descubrir que se llamaba Ana Cris. Seguiría habiendo por Pavía una puta granadina… Los “¡HOLA ANA CARLOTAAAAA!” volverían a estar a la orden del día. Blanca, Miriam y Kiku seguirían teniendo que aguantarme cantando “Lady Valladolid”. Seguiría sorprendiéndome con los gritos de Rocío y Melody a la italiana del bus en el Evento Nazionale. Gianluca me seguiría trincando tol pepino. Marco habría aprendido aún más español informal por mi culpa. Alessio seguiría siendo un maldito “magnaccio”. Laura volvería de sacar a Moka y ésta daría saltos por todo el salón. Casa Fagioli definitivamente sería declarada zona catastrófica. Sara sería capaz de seguir aún moviendo las caderas bailando “La Gasolina”. Cristina se acojonaría de nuevo pensando que ha perdido el DNI en el aeropuerto de Bari. Iza zeguiría ceceando. Nora sería RRPP de otro sitio más. Javi seguiría de Erasmus en Roma. Jaime seguiría rodeado de arcoíris y elefantes rosas. Gabriele Mele estaría con él. Nora y Dorka continuarían con esa sonrisa en la cara. Natalia seguiría rescatando a Grecia en la distancia. Las pucelanas Raquel, Fuertes, Laura y Bazán todavía tendrían dulzura que repartir. Eva aún no habría pisado la Golgi y seguiría cual moribunda durmiendo de casa en casa. Rita aún ni habría llegado a Pavía de lo tardona que era la japuta. Elena seguiría invitando a to kiski a colacaos en su casa. Jordi y Kike estarían estudiando en casa. A Carlota todo en la vida le seguiría pareciendo maji. Patxi me pagaría por fin el alquiler de mi casa. Augusto seguiría siendo buscado por desaparición. Le haría otra lista de expresiones andaluzas a Isabel Roscoe. Jordi Alsina volvería a destrozar su vida por nuestra culpa. Cristina Dominga y Soraya seguirían visitando Pavía de vez en cuando. No pararía de ver a gente por cada calle, en cada botellón en el Duomo, en la Cantina o donde fuera: a Rafa, Víctor, Pedro, Cristian, Alejandro, Adrián, Fernando, Paco, Carmen, María de Sevilla, las voluntarias Aya e Irene, Emi, Irene de Málaga, Bismarck, Dario, Raquel con su vocecita e Irene la asturiana, las Belenes de Milán que tanto me ayudaron alguna vez, Cath, Charlie, Onur, Furkan, Mustafa, Yves, Morgane, Claire-Sophie, Pia, Julia Po, Mona, Julien, Alex, Paulina, Kinia, a no sé cuantos de la ESN, Will, Fox, Giovanni, Alessandro, Sergi, Gigi, Ceci…y todos los que me dejo en el tintero, sois muchos. Y de entre todos ellos, una persona muy especial me seguiría aguantando, gymcanas de 5 horas incluídas…aún no sé ni cómo ni por qué.

Hoy hace justo una semana que dejé Italia. Y como muchos, estoy aún bajando de la nube, creyendo que en cualquier momento puedo volver a esa vida tan impredecible, volver como dije al principio al 19 de septiembre de 2012. Pero no lo voy a hacer, y en verdad, me alegro. Me alegro porque aunque duela, la vida y lo que hay en ella es bella porque acaba, porque es efímera, y realmente no podemos poner en práctica la teoría del eterno retorno. Si no fuera por ello, no habríamos vivido este año así, tan intensamente, tan impredecible.

Doy gracias a lo efímero.

Doy gracias al carpe diem.

Doy gracias a lo impredecible.

Pero sobre todo, os doy las gracias a vosotros.

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