Opinión·Pavia·Viajes

Abuelo y cumpleaños

En este blog ya he hecho varias veces alusión a que el tiempo que vivimos debería contarse con otra medida que no sean los años. Pero al final a todos nos pueden las tradiciones y, aunque intentemos llevar una filosofía de vida llámese carpe diem, un cumpleaños es un cumpleaños.

La semana pasada tuve la visita de Alberto, alias “el Abuelo”, uno de esos personajillos de mi primer año en Italia. El apodo se lo ganó por el hecho de ser uno de los dos mayores del grupo, por tener un comportamiento serio y formal, y un aspecto de persona responsable. Hasta que se ponía a beber. Pero su época dorada como Erasmus pasó hace dos años y el chaval desde entonces ha encontrao trabajo y se ha formalizao.

Voy a recoger a este hombre a Milán con Bea por la noche y nos volvemos en el penúltimo tren a Pavía. La idea es pasar la media hora de trayecto hablando con él y contándonos mutuamente qué tal nuestras vidas porque aunque hemos mantenido algo el contacto no nos veíamos desde Siena. Pero dos borrachos (y a saber qué mas) italianos se sientan con nosotros y se nos ponen a dar la chapa todo el camino hablando de lo humano y lo divino. Pero una chapa intensa, ¿eh? No una chapa cualquiera, no. No sabía si reírme de la situación, estar nervioso porque se bajaban en la misma estación que nosotros, o llorar porque uno de ellos tenía cáncer (o eso nos dijo). El caso es que para más inri el tren se para 15 minutos en mitad de la nada por algún problema y hay amagos de que se vaya la luz en todo el tren. Totá, que llegan las 12 de la noche, acabo de cumplir oficialmente 24 años y me encuentro en un tren parado entre Milán y Pavía rodeado de dos alcohólicos que están más pa allá que pa acá. Menos mal que el tren definitivamente se mueve,  llegamos a la estación y los dos locos se van. Yo voy saliendo totalmente empanado (por otra parte como suele ser habitual) por la situación vivida y por ir pensando en ir a casa a dejar a este hombre y su maleta y tirar para el Duomo porque todo el mundo está bebiendo allí. Pero cuando salgo de la estación escucho unos gritos que gracias a mi empane tardo unos segundos en entender que se han aglomerado todos allí y me están dando una sorpresa. La primera fiesta sorpresa que me han organizado nunca. Con carteles con mi cara y todo. Maldito viento que hace que se me metan cosas en los ojos…

El jueves, día oficial de mi cumpleaños, me siento obligado a ir una clase de “Filosofia del diritto” en la que el profesor está literalmente LOCO, tiene 78 años y no para de gritar improperios a los alumnos y tomarla con los españoles. Todo precioso y un perfecto regalo de cumpleaños. Mientras, el Abuelo se ha quedado con Pelayo, y al salir de clase Bea me dice que tiene que ir a casa de una amiga y le pilla de camino así que me acompaña al Castello y me reúno con estos dos. Seguimos avanzando por el jardín del Castillo porque me dice Pelayo que hay una cafetería con terraza donde tomar algo. Y allí, pasados unos setos, en un parque infantil, vuelve a estar todo el mundo. Con pancartas, comida, bebida, una tarta (con velas de estas de hijadeputa) y regalos. Según me dicen luego esta sorpresa era todavía más evidente, pero definitivamente tengo que hacérmelo mirar porque no me estaba coscando de nada.

No una ni dos, sino DOS fiestas sorpresas de cumpleaños. Menudo poder de convocatoria hermanos, ni Cristiano en su presentación en el Madrid. Una tarde de sol y calor buenísima para pasarla con amigos. Y por la noche, Milán. Echos peazos es poco para como terminamos allí. Megáfono comprado a moro, botella de champán en reservado patrocinada por Alessandro y el cumpleaños del menda, salir a tomar el aire y que se nos acerque un treintañero metiéndose coca con billetes de 100 €… todo muy lombardo.

El viernes la idea inicial era hacer una barbacoa en casa de Kike y Jordi, pero el tiempo no acompaña y me voy con Alberto a que visite Milán de día y así no hacer que se sienta tan mal el chaval por no estar haciendo nada de turismo. Como a la mañana siguiente nos tenemos que levantar a las 6 (SÍ, A LAS 6) de la mañana para ir a Lago Maggiore, el plan de cena y frágola del Raise de tranquileo apetece bastante.

Nunca ha habido tanto silencio en un tren con más de 10 Erasmus españoles metidos en un mismo vagón. Dormidos como marmotas llegamos a Stresa, pueblecito de Lago Maggiore, con un día sin una sola nube y calor. Aquello parece de juguete y me recuerda a la típica ciudad construida por Disney en la que todo es ideal y nunca ocurre ningún suceso porque todo está hecho para que vaya perfecto.

Mientras algunos se quedan tomando en sol en un parque al lado de la orilla del lago, otros cogemos un barco pequeño que nos hace paradas en las islas Madre, Pescatori y Bella. Dos de ellas son privadas (te bajas, puedes dar una vuelta pero para entrar a cierta parte de la isla tienes que pagar). Aún así, no sé si influía mucho o poco el día que hacía pero son preciosas. De nuevo pueblecitos muy cucos como diría mi hermana, casas de colores, calles estrechas y todo muy idílico y tranquilo.

Al volver del recorrido por las islas nos unimos a los tanoréxicos que se han quedado haciendo lo mismo que podrían haber hecho en un parque de Pavía sin tener que levantarse a las 6 de la mañana, y echamos un rato al sol cual lagartos. Algún loco de nuestro grupo se baña en el agua congelada del lago y me invitan a hacerlo (lo del baño) pero NI DE COÑA. Volvemos a Pavía reventados no, lo siguiente, con todavía más silencio si cabe en el tren, y mientras el Abuelo duerme en casa porque se tiene que levantar temprano para coger el avión a mí no se me ocurre otra cosa que irme a casa de Aria a continuar la fiesta.

Normalmente la gente celebra los cumpleaños. Y yo también, aunque nunca he sido mucho de organizar fiestas o cenas por ello. Pero si no lo he hecho es porque, la verdad, un cumpleaños puede tener motivos de celebración, pero también motivos de desánimo: “joder, ha pasado otro año”, “soy un año más viejo”… Aparte, lo considero una excusa mala (como los fines de año, días de la madre y del padre, aniversarios, etc) para celebrar un sólo día al año algo, cuando se debería celebrar constantemente. ¿No debería ser al revés, festejar 364 días del año y el día de tu cumpleaños estar triste porque “te queda un año menos”? Sería una filosofía que si nos la plantearan desde pequeños nos tomaríamos la vida de otra manera.

Sin embargo, gracias a toda la gente que estuvo presente con tantos detalles y regalos (y no sólo me refiero a regalos materiales, los regalos fueron mucho más allá que eso), y a las dos sorpresas que maravillosamente preparó alguien, sí tuve motivos para celebrar mi cumpleaños y olvidarme completamente de las otras reflexiones que suelen venirme a la cabeza en este tipo de días. Gracias de verdad a todos. Me habéis hecho sentirme especial. Posiblemente penséis que no hayáis hecho nada por simplemente venir a una sorpresa, enviarme un mensaje, una foto, hacerme una camiseta, una tortilla o una tarta, escribirme pancartas y recibirme con ellas o dejármelas en mi cuarto… os equivocáis. Habéis hecho y mucho, y cada uno de los pequeños gestos y detalles de estos días me han emocionado, son difíciles de superar y nunca los olvidaré. No me cansaré de decirlo, aunque alguien piense que no debo hacerlo, pero GRACIAS. Os quiero un montón.

Y ahora, os invito a celebrar conmigo los otros 364 días del año.

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