Relatos

¿Quién puede matar a un niño?

Mientras recogía las últimas cosas de la casa, recordó cuando visitó el piso por primera vez. Por más que le daba vueltas, juraría que era por la tarde, pero claro, hacía ya un año de eso y las pocas horas de sueño le estaban pasando factura. El caso es que no creía recordar haber oído nada. Ni en la primera visita, ni cuando fue a firmar el contrato de arrendamiento con el propietario, ni siquiera en los últimos días de julio donde hizo la mudanza y que cortésmente le concedió el casero aun no debiendo entrar hasta primero del mes de agosto. Claro, eso sería. El verano, el puto calor que hacía en esos días y que le asfixiaban trasladando muebles y cajas. Aún habiendo estado los ruidos, acababa tan extasiado que seguro que no se dio cuenta. O a lo mejor ni hubo escándalo. ¿Estarían de vacaciones entonces? Lo dudaba, una familia con 2 niños, uno de ellos bebé…nada, descartado. Lo que sí era probable era que el exceso de grados centígrados sobre la media dejara al niño sin energía. Sí, eso tenía sentido. Ola de calor y no hacía falta tener mudanza para acabar destrozado.

El niño. El puto niño. Creía que lo oyó literalmente la primera noche que se quedó a dormir. Al principio creyó que alguien se había caído en el piso de arriba haciéndose daño: un golpe fuerte seguido de un grito. Y claro, se asustó. Pero inmediatamente siguieron otros golpes y más gritos que pronto identificó que no eran de un ser humano normal y corriente, no, los gritos eran de un ser sacado del mismísimo infierno que disfrutaba pataleando de un lado a otro de la casa de arriba a eso de las 11 de la noche de un día entre semana. Al principio, la primera noche, lo creyó excepcional. Pero entonces siguió una noche, y otra, y se sumaron las tardes a medida que el calor veraniego iba perdiendo fuelle. En aquel su ya segundo piso de Chamberí, raro había sido el día en su fatídico año que no había sufrido las idas y venidas, los gritos y lloros, y sobre todo los correteos incesantes que se clavaban en su mente como si el crío se hubiera metido 4 rayas, 7 Red Bulls y 10 capítulos de los Teletubbies.

Al principio pensó en subir a decirles algo a los padres educadamente, pero su frialdad le hizo contenerse: ¿cómo le pides a unos padres de 2 críos pequeños que al mayor, que ya tiene edad para correr pero no para hablar, le tengan controlado porque a ti te molesta simplemente el correteo por la casa? ¿Y si daba golpes con la escoba en el techo de forma amenazante? No era su estilo, y tampoco iba a servir de gran cosa (es más, podría activar más al puñetero crío). Le preguntó un día a la portera del edificio, y tampoco tuvo que darle muchos detalles para que le entendiera a la perfección de forma súbita: “sí, son 2 niños pequeños, uno de ellos bebé, y el que ya anda es una buena pieza que no nos deja dormir al bloque”. Si ni a la portera que vive en el bajo la dejaba dormir, ¿cómo iba a hacer él en el sexto piso, justo debajo del séptimo donde vivía esa familia? ¿Y la opción de firmas recogidas a los vecinos o una petición en change.org? Ni pensarlo, encima la familia es musulmana y para qué queremos más, llegado el caso sólo iba a tener a VOX de su parte.

No tenía sentido. Ni con tapones para dormir era capaz de aislar el estruendo de minutos y horas de esa criatura innombrable. Por las tardes sabía que tenía que dejar tareas de su trabajo que no requirieran mucha concentración porque iba a ser imposible ejecutarlas. El chaval se podía tirar horas y horas sin parar de correr de un lado a otro, de un lado a otro, y venga gritar de vez en cuando de alegría. Las llamadas que tuviera tendrían que estar la mayor parte del tiempo silenciadas si no quería trasladar a sus compañeros un sonido de fondo atroz que hiciera que todo el mundo se volviera loco.

Loco, eso es lo que muchas veces se creía que se estaba volviendo. Comenzaba a asustarle el instinto asesino que iba adquiriendo poco a poco. En su mente cada tarde, y sobre todo cada noche, fácilmente podía llegar a visualizar 3 o 4 maneras diferentes de liquidar al niño, cada cual más lenta, sangrienta y dolorosa. Su mente retorcida a veces llegaba a diseñar planes de un auténtico genio del mal, que incluía sistemas de vigilancia a la familia para conocer sus horas de entrada y salida de la casa, métodos para no dejar huellas y alcanzar el crimen perfecto sin que pudieran acusarle. Si la jornada de correteos y gritos se hacía especialmente intensa y se sumaban las discusiones de los padres, el sonido incesante del arrastre de muebles, y el baño con lloriqueos final a las 12 de la noche para calmar al puto niño, entonces le gustaba traspasar las fronteras de lo macabro. ¿Sería demasiado atar a los padres mientras desollaba a su hijo, lo descuartizaba cachito a cachito poco a poco y lo quemaba vivo delante de sus narices, para después hacerles elegir a ellos quién observaría el idéntico final del otro para después sufrirlo en sus carnes? Si su mente divagaba lo suficiente, era capaz de reproducir con todo lujo de detalles la música que pondría, los gritos ahogados de los padres en los pañuelos de la boca previamente bien dispuestos, las lágrimas de desesperación, las cuerdas con las que iría poniendo torniquetes en las extremidades para que no se desangrasen y la agonía fuera más lenta como en Un ciudadano ejemplar.

Sabía que nadie le entendería. Que le llamarían psicópata, loco, y hasta asesino en potencia. Que nadie en su sano juicio defendería no ya que pusiera en práctica sus pensamientos de psiquiátrico, sino que tuviera el valor de avivarlos en su mente de forma tan despiadada, y que encima los compartiera con alguien. Como si Chicho Ibáñez Serrador se le hubiera aparecido, a su alrededor veía caras de su familia y sus amigos que le increpaban “Pero, ¿quién puede matar a un niño?” Si hubieran visto la película lo entenderían. Ante ciertos niños la pregunta más bien es, ¿y quién no querría hacerlo? Pero claro, reconocerlo abiertamente sería entrar en un terreno tabú y muy peliagudo. Todos tenemos pensamientos impuros, fantasías sexuales con famosos y modelos, pequeños deseos de venganza hacia un jefe cabrón o un compañero malnacido, y comentarlo con tus mejores amigos o incluso en una conversación distendida con conocidos es algo socialmente aceptado. Pero cuando se tocan determinados temas, se cruza la frontera de lo llamado normal, y entonces pasan a juzgarte y señalarte con el dedo. Si la venganza a tu jefe no es conseguir meterle en un embrollo con una jugada maestra de cadenas de emails que le incriminen en algún acto de dudosa moralidad, sino llevarlo en tu coche a un descampado abierto donde nadie escuche sus gritos y comenzar a sacarle las entrañas poco a poco y obligar a comérselas mientras le enseñas un vídeo donde te acuestas con su mujer, entonces ya claro, nadie te entiende ni se ríe de ello.

Falsos necios. Estaba convencido de que todo el mundo llega a tener en algún momento de su vida esas ensoñaciones. Y si en un momento de debilidad y estrés ninguna persona es capaz de recrearse y disfrutar imaginándoselo, entonces ellos se lo pierden. Regocijarse en la imaginación propia con el sufrimiento ajeno es lo único que a veces nos sirve para no volvernos locos y comenzar a esputar odio y rabia a nuestro alrededor. El problema era que él llevaba tiempo encadenando demasiados momentos así, día tras día, estruendo tras estruendo, acumulando bilis, y tenía cada vez más claro que su imaginación rayaba ya la autentica planificación del asesinato y la tortura pormenorizada, con alevosía y a sangre fría.

Así que decidió dejar el piso, antes de copar todas las aperturas de telediarios como “el Loco de Chamberí” o algún apodo peor con el que le bautizaran todos los tertulianos, y que obviamente lo último que iban a hacer era ponerse en su lugar. Casa a las afueras, ligeramente apartada de las vecinas, en una urbanización de nueva construcción en un sitio que no llegaba aún ni metro y con la parada de cercanías a 20 minutos andando. Pero se aseguraba no tener ruidos de niños diabólicos ni arriba, ni abajo, ni a los lados. Y a tomar por culo. Dejaba el centro, su amado barrio y la civilización, pero era necesario por evitar una matanza. Lo que estaba haciendo por salvar 3 vidas (al bebé lo hubiera dejado vivo, por tener algo de humanidad) y nadie lo sabría nunca ni se lo reconocería. Cuando un asesino consigue su objetivo, todo son lloros e insultos, y hay una unanimidad hasta sectaria del posicionamiento social hacia la crueldad humana. Sin embargo, nadie reconoce a los héroes sin capa que, diariamente, controlan su furia y rabia hacia la chulería ajena, no vuelcan violencia a los maleducados, o ejercen la justicia de forma personal a aquellos contra los que cualquiera aprobaría que se debe de hacer. Ni un minuto de dedicatoria o de buenas palabras. Sabía que se iba de ese piso tras un año en el que había sufrido lo indecible, sin que hubiera habido consecuencias y con un único perjudicado: él.

Con las llaves en la mano que tenía que bajar después de cerrar a la portera, suspiró en la puerta antes de marcharse. Qué paz. En ese momento no se oía nada. Era por la tarde, en esa hora en la que el crío solía estar pasándoselo pipa a costa de su concentración y descanso. Le resultaba extraño, aunque igual estaban todos durmiendo la siesta. De pronto, se le había ocurrido que como despedida, y por poner rostro a sus odiados vecinos, podría subir, tocar el timbre, joderles momentáneamente y con su mejor sonrisa presentarse como el vecino de abajo, porque ellos no tendrían la más remota idea de quién era ni de que se iba. Cerró su puerta y subió los 2 tramos de escalera. Para su sorpresa, la puerta estaba abierta ligeramente y seguía sin oírse nada desde dentro. A lo mejor habían salido y se les había olvidado así, pero la curiosidad le pudo así que se acercó del todo. Le comenzó a llegar un olor fuerte que no terminaba de identificar, por lo que con el gesto torcido pegó ligeramente con los nudillos en la puerta y susurró un leve “¿hola?” mientras empujaba suavemente la puerta.

El corazón le dio un vuelco con la escena y se le descompuso la cara. En décimas de segundo su mente había identificado 3 cuerpos ensangrentados, los 2 adultos atados a una silla y totalmente descuartizados, y el de un niño pequeño de apenas 2 años a sus pies con mutilaciones horribles. En su mente era así, tal cual, pero verlo en directo le trastornó totalmente. Comenzó a hilar: ¿pero qué había hecho? ¿De dormir tan poco se había vuelto totalmente esquizofrénico y había ejecutado sus más oscuros sueños mientras tenía un brote de bipolaridad? Mientras se le intensificaba el ritmo cardíaco y la respiración, apareció otra figura por una esquina con un bebé que dormía en brazos. Al hombre lo reconoció a pesar de estar lleno de sangre en manos, brazos y cara. Era uno de sus vecinos. Posiblemente el del séptimo, pared con pared con las víctimas que acababa de despedazar. El vecino dejo de mirar al bebé y le observó, clavado tras la puerta entreabierta que no se había atrevido a cruzar. Con una sonrisa cansada y al borde del llanto, masculló con un tono de desesperación que le llegó al alma “no podía más”.

– Lo sé – le contestó calmadamente.- Todo el mundo va a odiarte… pero yo sí te creo.

***

P.D: El relato anterior es pura ficción y cualquier parecido con personajes reales es una mera coincidencia. Su autor no tiene intención de ejecutar los actos aquí descritos…al menos de momento.

4 comentarios sobre “¿Quién puede matar a un niño?

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