Hace muchos años, cuando alguna gente me creía listo (cosa que agradezco…pero bueno, en fin) un profesor de matemáticas del instituto me invitó a participar en las Olimpiadas Matemáticas cuando yo andaría por 2º de Bachillerato aproximadamente. Lo repito que sé que cuesta creerlo: las Olimpiadas Matemáticas, sí. Yo, que estaba estudiando bachillerato de Ciencias Sociales y acabaría en una doble licenciatura donde precisamente las asignaturas más técnicas como Estadística y Trigonometría se me atragantaron tantísimo.
Si no recuerdo mal, las Olimpiadas se celebran, a diferencia de las Olimpiadas de verdad, anualmente. Para llegar a la final mundial, me suena que tienes que haber ganado en tu país, y cada país tiene su forma de elegir a su representante. Como nuestra Españita se divide en Comunidades Autónomas, yo participé en las llamadas «Olimpiadas Matemáticas de Thales». He buscado por si hay una relación directa entre Thales de Mileto y Andalucía, y me encantaría poder contaros una preciosa anécdota histórica o una leyenda que encuadre el que, en mi tierra, las Olimpiadas tuvieran ese nombre. Pero no, ni es el objeto de lo que os quiero contar, así que se lo invente otro.
Spoiler: participé, como ya he dicho, y no sólo es que no pasara de fase provincial, es que oficialmente no obtuve la puntuación mínima para considerarme aprobado. Encima eso se hacía en la Facultad de Matemáticas y juraría que para acoger a tanto estudiante tuvieron que hacerlo un fin de semana, por lo que ni yo pude beneficiarme de faltar a clase, ni el profesor que de todo el instituto me eligió a mí como representante pudo jactarse de un estupendísimo acierto. Pero eché un buen rato, y una vez más (cómo no) se quedó una curiosa y lamentable anécdota.
La cosa es que, aunque me gustaban las matemáticas, no era demasiado bueno con ellas. Yo era más de explicaciones largas y parrafadas y conseguir la nota por agotamiento mental del profesor. Por eso hoy soy abogado, básicamente. Entonces claro, cuando a mí ese día me dieron el papel de la prueba, yo empecé a leer los problemas que, si habéis visto la película de Resacón en Las Vegas, podríais verme a mí intentando hacer como Alan (el gordito con barba) en la escena donde se pone a apostar en el casino, pero acabé siendo Homer Simpson cuando tiene un mono golpeando 2 platillos en su mente.
No había ni uno sólo, de lo que fueron 5 problemas, que fuera capaz de entender. Tampoco es que estuviera nervioso, al fin y al cabo no me jugaba nada (más allá del honor y una posible reputación), pero lo que no era plan era no ser capaz de plantear un solo ejercicio. Así que con paciencia y tranquilidad, me puse a leer detenidamente cada uno de los enunciados, otra vez. Mientras lo hacía, noté cómo en la clase muchos estudiantes se iban levantando, haciendo lo que seguramente tendría que haber hecho yo desde el principio: una retirada a tiempo es una victoria, que es sábado, así que vámonos a desayunar que seguro es más productivo que estar aquí perdiendo el tiempo para nada. Pero hubo algo de pundonor dentro de mí, el de las grandes gestas y remontadas, que hizo que me quedara.
Spoiler de nuevo: ni hubo gesta, ni remontada, ni conseguí resolver un puto ejercicio. Pero allí estaba yo, a punto de echar humo por las orejas, escribiendo amagos de resolución al problema 1, cuando me bloqueé pasé al 2…y así hasta que llegué al final, absolutamente desesperado. Esa vez sí, cuando ya sólo quedábamos los que realmente sabían lo que hacían y yo, que debí haberme ido con la primera tanda, pensé en dejarlo…pero entonces leí algo que había escrito al final del primer ejercicio que me hizo gracia. Y me puse a hacer algo que, aunque muchos me tilden de ser una persona extremadamente organizada, se me da bastante bien cuando quiero: improvisar. Un rato después, dejé el folio de cada uno de los problemas en su correspondiente montón, porque había que dejarlos por separado.
Para irme a desayunar solo o a casa, después de salir del aula decidí quedarme a la segunda parte del día, ya que estaba. Tras la finalización del tiempo de la prueba, se invitaba a todos los que quisieran a entrar de nuevo a la demostración y solución de todos los problemas por el propio comité de profesores que luego iban a corregir. Así que allí estaba yo, rodeado de alumnos que sí habrían hecho bien su trabajo, en un desesperado intento por intentar entender la verdad absoluta a través de las Matemáticas. Con todo el mundo sentado en aquella enorme aula, un profesor se puso al frente y cuando el público guardó silencio, comenzó a hablar en voz alta:
– Muchas gracias a todos por haber participado hoy en esta edición de las Olimpiadas de Thales en Andalucía. Ahora procederemos a explicar la solución a los 5 problemas que se han planteado, pero antes de iniciar, tengo una pregunta… ¿está aquí Santiago Castro?
¿Acababa de preguntar lo que yo creía que acababa de preguntar? Se hizo un silencio en el que notaba cómo la gente comenzaba a mirarse los unos a otros, sin entender nada, preguntándose quién era Santiago Castro y por qué lo requería el profesor. Mientras, yo, que era el susodicho, estaba acongojado pensando «joder, ¿tan malo ha sido lo que he hecho que me va a poner en evidencia delante de toda el aula magna esta?». Sin saber muy bien si lo que hacía era bueno o tendría que abstenerme de exponerme, levanté tímidamente la mano. Encima estaba sentado al lado del pasillo central, donde el profesor, una vez localizó mi mano, me sonrió y se acercó andando hacia mí. «Ya está Santi, te van a expulsar de este aula por inútil, van a llamarle la atención a tu profesor de Matemáticas, vas a ser el hazmerreír del instituto, te van a suspender las asignaturas de Ciencias hasta que te quedes calvo (que tampoco queda tanto) y jamás irás a la universidad y da gracias si consigues coger sitio para pedir limosna en la parroquia del barrio a la que tu pobre madre irá de vez en cuando a darte unas monedillas y un bocadillo». Mientras pensaba todo esto, observé cómo el profesor llegaba a mi sitio, me tendía la mano, y manteniendo su sonrisa, decía en voz alta: «Enhorabuena, Santiago. Has hecho el examen más original que he visto en mi vida, y has conseguido que me ría como en años».
Sin sentido. Le devolví el apretón de manos acompañado de un tímido balbuceo de «gracias», mientras comenzaba a oír a mi alrededor un murmullo de alumnos hablando entre sí y preguntándose por qué se habría reído tanto ese hombre. ¿Tan ridículo era el examen que había hecho ese tal Santiago? ¿Qué leches había escrito en los folios esa persona para hacer reír al profesor así?
– Psss oye – susurró alguien detrás de mí. – ¿Qué has puesto en el examen?
Me giré y un chico con cara de incógnita me había tocado el hombro, hablando en voz baja mientras el profesor que me había dado la mano comenzaba la explicación de la resolución de los problemas.
– Emm pues no sé, he escrito una especie de relato porque no sabía resolver los ejercicios, pero tampoco creí que fuese para tanto.
– Pues es que después de tú dejar tus folios, ese profesor de repente se ha parado al lado de las pilas de ejercicios, ha comenzado a coger tus pruebas, se ha sentado a leerlas y poco a poco le hemos oído reírse mucho él solo. Tanto que nos ha desconcentrado y se ha tenido que salir con los folios a seguir leyéndolos fuera.
Acojonante, encima ahora soy culpable de que el futuro académico de un grupo de andaluces prometedores se vea truncado por hacer reír a un profesor y boicotearles sin querer su examen.
El resto de la explicación intenté estar pendiente de cómo se resolvían los ejercicios, sin mucho éxito la verdad. No paraba de pensar en si el profesor lo había dicho a buenas, a malas, había sido un piropo, una llamada de atención…y todo esto mientras recibía miradas de soslayo de la gente de mi alrededor (seguramente cagándose en mí por haberles fastidiado el examen). Cuando terminó la master class, recopilé valor para acercarme disimuladamente al profesor que me había llamado, y le tuve que preguntar por el asunto. Otros profesores, que tenían curiosidad por conocer la historia, se arremolinaron a escucharnos.
– Yo estaba vigilando a los alumnos como en cualquier examen, y después de tú irte pasó un rato hasta que el siguiente alumno dejó sus papeles encima de los tuyos. Al pasar al lado, de repente me fijé que esos folios tenían mucho texto y no parecían un examen de matemáticas y claro, con curiosidad me puse a ver qué ponían. Poco a poco me di cuenta de que eran una especie de relato, pero que estaba encadenado de un folio a otro, y los cogí todos para leerlos detenidamente. Lo que no me imaginaba es que iban a ser un relato tan original y gracioso… ¿cómo te ha dado por escribir eso?
– Pues mire usted, intenté resolver los ejercicios, lo juro, pero cuando vi que era incapaz, pero al mismo tiempo tampoco quería abandonar tan rápido, me puse a improvisar y a escribir, que me gusta mucho. Justo me leí hace poco «Sin noticias de Gurb», y mi asignatura favorita es Filosofía… pues sume 2 más 2 y ya lo tiene (chistaco matemático improvisado).
Los profesores me siguieron haciendo preguntas y en concreto, el que lo había leído, me repitió su enhorabuena, por lo que terminé yéndome a casa con una sonrisa, bastante orgullo y con otra anécdota de las mías (osea, una anécdota de mierda en la que me alargo contándola un huevo y queda de puta madre, pero que éxito lo que se dice éxito no tuve porque obviamente a la final nacional de las Olimpiadas no fui).
Mis respuestas originales no las conservo porque las perdí al entregarlas y eso no lo devolvían, pero creo que conservo en algún sitio de Sevilla los folios en sucio que podíamos usar como borradores de respuesta, que básicamente fue donde se me empezó a ir la pinza. A lo mejor en otra entrega me atrevo a intentar reproducir un boceto de la paranoia por la que me dio aquel día.
Mientras, os dejo que disfrutéis del fin de semana. Yo me voy a improvisar a Roma, a ver qué tal se me da.